lunes, 18 de abril de 2016

¿Cómo sería la comunidad ideal?

Esta ley de la selva enseña a Mowgli el equilibro entre el individuo y la manada (El libro de la selva, Jon Favreau, 2016).

Sentido de pertenencia, búsqueda de un hogar, encontrar nuestra tribu, poder decir ¡Tú también! y descubrir que así la vida se ensancha. La idea de «comunidad» evoca ese lugar en el que nos nutrimos como personas y en el damos también lo mejor de nosotros. En ámbitos filosóficos, empresariales, familiares, políticos y, por supuesto, en el mundo del coaching, se empieza a expresar un anhelo de comunión: debemos recuperar el sentido de comunidad. Ahora bien: quizá no sabemos lo que decimos cuando hablamos de comunidad, puesto que en los últimos siglos Occidente ha puesto el acento en la autonomía del individuo y hemos configurado nuestro mundo como si cada uno se bastara por sí mismo, hasta el punto de considerar la interdependencia como una debilidad.

En nuestro afán por clarificar ese anhelo, en búsqueda de la comunidad perdida, hemos repasado en las últimas entradas diversas formas defectivas o imperfectas de comunidad que reconocemos bien, porque están muy presentes en nuestro tiempo: hemos estudiado “la sociedad de masas” y la sociedad del “nosotros”. Hemos repasado las sociedades vitales, la camaradería y el compañerismo. También hemos desenmascarado la tiranía invisible de la sociedad “razonable” y de la sociedad “contractual”, que gozan hoy del mayor prestigio. Parece, con este repaso, que hemos llegado a un callejón sin salida, pues ninguna de esas formas responde al ideal que anhelamos. ¿Cómo seria la comunidad ideal que anhelamos? De nuevo de la mano de Emmanuel Mounier vamos a esbozar los rasgos de esa comunidad ideal. Las citas que comentamos pertenecen a las publicaciones “Revolución personalista y comunitaria” (21-372), “Manifiesto al servicio del personalismo” (363-539) y “El personalismo” (673-773), todas recogidas en El personalismo. Antología esencial. Sígueme, Salamanca, 2002.

El ideal de comunidad

«Si fuera preciso dibujar su utopía, describiríamos una comunidad en la que cada persona se realizaría en la totalidad de una vocación continuamente fecunda, y la comunión del conjunto sería una resultante viva de esos logros particulares. El lugar de cada uno sería en ella insustituible, al mismo tiempo que armonioso con el todo. El amor sería el primer vínculo, y ninguna coacción, ningún interés económico o vital, ningún mecanismo extrínseco. Cada persona encontraría allí, en los valores comunes, trascendentes al lugar y al tiempo particular de cada uno, el vínculo que los religaría a todos» (424).

«Semejante comunidad […] no es de este mundo. Los cristianos la creen viva en la comunión de los santos, pero la comunión de los santos está únicamente incoada en la Iglesia militante. […]

A veces, en un amor, con una familia, con algunos amigos, nos acercamos a esta comunidad personal. […] Pero esas comunidades, en nuestro mundo encarnado, están unidas a la carne de los individuos que las componen, a la carne misma y a la inercia propia de las instituciones que la exteriorizan. Una degradación las arrastra permanentemente, desde el nivel de la comunidad personal hasta el nivel de la sociedad contractual, o de la sociedad vital, o más bajo aún, al nivel del “público” y de la masa» (99-100).
El texto de Mounier es duro, pero fiel a nuestra experiencia. Anhelamos esta forma de comunidad porque tenemos experiencia de ella. Pero sabemos muy bien que esa experiencia es precaria, frágil, difícil de sostener en el espacio y el tiempo. Es, por lo mismo, un ideal. Y los ideales deben ser buscados, encarnados y sostenidos trabajosamente. La comunidad ideal no es un lugar de llegada y descanso, una paz que, en realidad, es la paz del cementerio, sino una constelación de fuerzas, una tensión constantemente renovada por cada uno de sus miembros. Es el dinamismo del amor, cuya paz no es ausencia de esfuerzo, sino esfuerzo bien orientado, aquel que nos reúne al final del día en torno al fuego en el descanso del guerrero, en la celebración de un día intenso y cuajado de sentido.

Las relaciones entre la persona y las comunidades imperfectas


Es claro que la persona, en cuanto tal, es un individuo que tiene una dimensión comunitaria y que sin vida comunitaria no puede llegar a ser plenamente él mismo. Pero también es claro que ni ese individuo, ni ninguna comunidad, es perfecta. Cuando una persona quiere trabajar en la edificación de una comunidad ideal, que es lo mismo que trabajar en la edificación de su plenitud personal, el modo de abordar las relaciones entre cada persona (imperfecta) y la comunidad (imperfecta) han de tener en cuenta estas dos condiciones:

«1ª. Que [la persona] se sacrifique a las promesas de comunidad, aunque sean imperfectas, y no a sociedades de intereses materiales, confesados o disimulados» (104). Que sacrifique sus egoísmos, sus intereses particulares, sus caprichos y, muchas veces, su bienestar, que se desprenda de sí misma en la búsqueda ininterrumpida de su vocación.

«2ª. Nunca comunidad alguna puede pedir a la persona que se niegue» (104). Que niegue su vocación, su dignidad.

Así, el problema práctico de la vida comunitaria está siempre en discernir –en diálogo– cuándo el sacrificio exigido por la comunidad purifica y mejora a la persona (la libera de sus egoísmos y la orienta hacia el bien común, hacia su plenitud, su salvación) y cuándo la comunidad lesiona a la persona en su dignidad o en su vocación. Son esas dos condiciones, y este discernimiento, los que pueden corregir las imperfecciones y orientar hacia su plenitud tanto a las personas como a las comunidades.

Dedicaremos la próxima nota a explicar las disposiciones que la personas deben poner en juego para fundar esta comunidad ideal. Disposiciones que tienen que ver con el diálogo y la comunicación, entendidas no sólo como técnicas de transmisión de contenidos, sino como formas de comunión.

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