lunes, 20 de abril de 2026

La cafetería y el examen de la vida


Hace unas semanas relaté aquí una escena mínima —la corrección de un examen de primero— que, sin embargo, dejaba al descubierto un problema mayor: la fractura entre lo que estudiamos y la vida que realmente llevamos. Un alumno no recordaba los contenidos, pero reconocía con claridad que en ellos se jugaba algo decisivo: la posibilidad de una vida plena. Aquella respuesta, incorrecta en lo académico y luminosa en lo humano, me obligaba a tomar en serio una pregunta incómoda: «¿Cómo es posible olvidar precisamente aquello que decimos estudiar para vivir mejor?».

Cerraba aquella nota anunciando una «gran conversación» en mi próxima clase con ese grupo. No era un recurso retórico, sino una necesidad real: comprobar si ese destello de lucidez podía convertirse en ocasión para profundizar en el sentido del estudio, los exámenes, la vida universitaria. Esa conversación tuvo lugar; pero no te contaré aquí de qué que hablamos entonces, sino de algunos frutos de aquella experiencia.

Fruto de aquella conversación, pactamos un ejercicio (¿examen?) voluntario en un tiempo y lugar extraordinarios. A primerísima hora, una hora antes del comienzo de la primera clase de la mañana; en la cafetería del edificio Chesterton de la Universidad Francisco de Vitoria. Llegamos puntuales, pedimos un modesto desayuno y los alumnos se distribuyeron en distintos lugares. Les facilité una hoja con un enunciado y varias páginas en blanco para su respuesta. Podían usar cualquier recurso expresivo sobre el papel. Tenían 60’ para resolver la tarea.

Se trataba de un ejercicio de observación, de mirada profunda sobre lo invisible que late en lo visible en esa cafetería durante esa hora. Una práctica de las actitudes y los esquemas mentales que nos ayudan a descubrir el sentido de la vida en contextos ordinarios, cotidianos. Paso a sintetizarte algunos descubrimientos de mis alumnos.

La duda como vía para superar prejuicios superficiales y comenzar una búsqueda de certezas sobre lo esencial. Hay en la cafetería personas solas. ¿Es una soledad buscada o sufrida? ¿Son tal vez tímidos o miedosos? ¿Están esperando a alguien? ¿Qué cambiará en su rostro cuando alguien se aproxima a ellos? Son preguntas que nos apartan de nuestro rollo mental y nos hacen atentos y sensibles a lo que nos rodea. Despiertan nuestra atención a lo real, lo concreto, lo cotidiano. Suspenden la tentación de caer en el ciclo infinito de los reels.

El asombro activo frente a lo cotidiano. Reconocerás el estilo de esta respuesta: «Mi mirada a la universidad se ha convertido en algo del día a día por lo que ya no me dejo asombrar. Así que me centro ahora en mí misma y en cómo me relaciono con el exterior […] Me doy cuenta de que estaba atrapada en una burbuja y de que esto no es una vida creativa, o plena, o feliz. […] Me doy cuenta de que los demás no saben que los observo y es que ellos también están en su propia burbuja […] Me doy cuenta de la necesidad de comunicación».

En varios ejercicios, la memoria del alumno pasa al primer plano, de forma que esa cafetería no es ya cualquier cafetería sino «su» cafetería universitaria. El espacio ya no es neutro, queda significado, insertado una historia personal. Sólo te comparto un ejemplo: «He descubierto nuevas cosas en esta cafetería, la cafetería a la que vine tras mi examen de admisión con la duda de si me iban a aceptar o no; ¡y quién me iba a decir que tiempo después iba a estar sentada aquí, en la misma mesa, admirando la luz del sol radiante que entra por la ventana e ilumina esta hoja, a los profesores, las conversaciones…».

Varios alumnos han descubierto un ritual secreto en las rutinas cotidianas de esa hora, en ese lugar: el café, solitario o compartido, que nos prepara para afrontar el día, que nos une a los colegas en torno a lo más humano antes de enfrentar los retos académicos de las próximas horas. También las conversaciones que vistas desde fuera son ruido revelan vínculos invisibles: amistades incipientes o consolidadas, celebración del encuentro.

Las anécdotas de esas conversaciones, a menudo superficiales, descansan —escribe otra alumna— sobre un fondo nada superficial: la historia de la vida de cada uno, en la que aparece lo que cada quién ama y su necesidad de ser amado, aun si no saben por quién.

En mayor o menor grado, la cafetería aparece siempre como lugar de encuentro con uno mismo o con otros; y como mediación, al comienzo o final del día —tal vez en medio de la jornada— entre uno y los otros, entre lo más íntimo y el trabajo o los estudios compartidos. Espacio-tiempo que es mediación, aparición de la persona para otras personas; y viceversa.

Mi última palabra no es para ti, sino para mis alumnos. Gracias, colegas, por habitar así vuestra cafetería, que es también la mía. Ojalá vivamos así cada lugar y hora universitaria.

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