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| Imagen creada por Abellán-García con NanoBanana (2/2026). |
Dado que en esta vida uno nunca logra alcanzarse del todo a sí mismo, es frecuente que al finalizar una conversación ya se esté gestando la siguiente. Así me ocurrió entonces. Antes de concluir el podcast pensé que, al menos yo, necesitaba debatir más sobre el asunto. Esto, por cierto, sí se parece bastante a lo que es la tradición: un diálogo intergeneracional cuyos principio y final se pierden en los horizontes del pasado y el porvenir. Así que aquí estoy hoy, retomando lo que hablamos ayer, con la esperanza de continuar mañana. Pero insistir no es repetir, así que retomo el asunto desde otro lugar. Un lugar menos político y más académico, con la esperanza de que las pasiones queden mejor moderadas.
A mi juicio, el conservador se hace una falsa imagen de la historia cuando interpreta al pie de la letra frases como: «El autor de El Quijote nació el 29 de septiembre de 1547». Esa afirmación no es histórica en sentido estricto; más bien imita el modo de hablar de un dios supra-temporal, que es como suelen comportarse los historiadores que ignoran eso que Gadamer llama el trabajo de la historia sobre nosotros. En sentido estricto, hemos de reconocer que el bueno de Miguelito no pudo escribir primero El Quijote y, luego, nacer.
Quien nació ese otoño de 1547 fue un besuguito llorón que boqueaba estrenando pulmones y cuyos padres, Rodrigo y Leonor, dieron en llamarle Miguel. Con el paso de los años, las venturas y desventuras de Miguelito le convirtieron en don Miguel de Cervantes, soldado manco que bosquejó ya en prisión algún relato que aparecería, mucho después, en eso que llamamos hoy El Quijote. Ese mamotreto unitario que nos llega por Amazon en menos de 24h fue, en origen, un ensamblaje de muchas piezas, compuestas en diversos momentos. Simplificando el asunto, decimos que hubo un primer Quijote y, luego, su secuela. Según parece, Cervantes escribió la segunda parte del Quijote para enfrentarse literariamente con los imitadores, usurpadores y aprovechados que hicieron su agosto literario a rebufo de la exitosa novela de don Miguel. Imitadores y usurpadores a los que Miguel y nosotros, a la postre, debemos mucho, pues El Quijote no sería la genialidad que es sin su prolongación.
La tradición, que nos parece hoy un valor seguro y firme, fue en su momento de gestación un cúmulo de tanteos inseguros e inciertos de personajes a menudo anónimos, pero capaces de algo impensable para sus coetáneos. Sus colegas de generación tuvieron sin duda una impresión sobre ellos muy distinta de la que tenemos nosotros ahora. Si uno estudia la historia en su génesis, y no solo en retrospectiva, descubre que mucho de lo que hoy consideramos tradicionalismo y conservadurismo fue en su momento una innovación radical e inoportuna que, sólo después, muchos asumieron como buena y quisieron, más que conservar, prolongar, fructificar. A Sócrates le mataron por revolucionario. Algunas tesis de Tomás de Aquino fueron condenadas por heréticas. Más recientemente, nos sorprende que el rojo de George Orwell sea tenido por reaccionario.
Bastan unas décadas para que las categorías de «progresista» y «conservador» resulten caducas para calificar los planteamientos de una persona. Conviene, por tanto, liberar nuestra idea de tradición de estas etiquetas. Conviene examinar si tal vez muchos conservadores y tradicionalistas son en realidad enemigos de la tradición por cristalizarla, repetirla sin innovación. Conviene, de vuelta, evitar identificar el progreso con una promesa de futuro, pues a menudo destruye presente y futuro precisamente porque desprecia el pasado.
La tradición, como fenómeno histórico y al margen de cualquier ideología, no es el conjunto de lo ocurrido o pensado antes de hoy, sino el pasado releído en el presente en vistas al porvenir. En este sentido, los tres momentos temporales tienen un lugar inalienable. Quizá merece otro Dalroy explorar el sentido de estos tres momentos pues su adecuada articulación nos revelará el modo ordinario de la dialogical creativity.

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