lunes, 7 de mayo de 2018

La comunicación depende de la posibilidad del perdón

El retorno del hijo pródigo, Rembrandt, hacia 1662.

«Si me engañas una vez, la culpa es tuya; si me engañas dos, es mía». Suele decirse de esta frase que es un proverbio árabe, aunque Eduardo Palomo en su Cita-logía se la atribuye a Anaxágoras. Sea como fuere, la frase viene a subrayar dos ideas complementarias. Por un lado, que la confianza debe ser un a priori de la comunicación y de las relaciones humanas. Dicho en modo negativo: constatamos con facilidad que la desconfianza torna el encuentro interpersonal prácticamente imposible. Por otro lado, la frase subraya también que ese a priori de confianza debe ser refrendado en la experiencia. Si el otro se revela no-veraz o no-confiable, darle nuestra confianza no sería ya virtud, sino imprudencia.

Ocurre a menudo que las personas nos equivocamos. Las equivocaciones no culpables se superan, con cierta facilidad, con una dis-culpa: el reconocimiento de que, en realidad, no había culpa, sino error. Que el error sea puntual o pertinaz es ya otra cuestión, que deriva nuestra confiabilidad en el otro no ya a su moralidad, sino a su pericia.

Ocurre también, con más frecuencia de la que nuestra mentalidad nos permite reconocer, que no sólo nos equivocamos, sino que mentimos, engañamos, ocultamos, ofendemos, agredimos o eludimos nuestras responsabilidades. Entonces no basta una disculpa, pues no se trata ahora de superar un error, sino una traición, ofensa o agresión. Eso es lo que, según el proverbio citado, no podemos obviar mirando hacia otro lado como si no hubiera pasado nada. Si lo hiciéramos seríamos imprudentes o ilusos.

Según reza este proverbio, la comunicación entre dos personas tendría un límite o un obstáculo insalvable y, sin embargo, nuestro corazón no admite ese obstáculo. A menudo queremos superar la culpa y el rencor, restaurar los lazos de encuentro y comunión con quien nos ha ofendido, o con aquel a quien ofendimos. ¿Somos entonces unos ilusos? ¿O quizá ocurre que nuestra soberanía de espíritu, sea por naturaleza, virtud o porque fuerzas divinas nos impulsan, es capaz de amar a pesar de las ofensas y las agresiones que padecemos? El perdón es una forma de amor que consiste en cancelar la deuda moral que quien nos daño tiene con nosotros. De esa forma restituimos con él el modo de relación que teníamos antes de haber sido ofendidos o agredidos. [Sobre la posibilidad y los medios para perdonar(nos) hablaré en otra ocasión].

Hay dos razones por las que la capacidad de perdonar es una condición necesaria para la auténtica comunicación humana. La primera es evidente: si media una traición, ofensa o agresión entre dos personas, la comunicación abierta y confiada será prácticamente imposible. El único modo de sanar la relación de quienes se comunican es el ejercicio de la disculpa o el aún más difícil ejercicio del perdón.

La segunda razón por la que la capacidad de perdonar es condición necesaria para la comunicación es más sutil. En una comunicación auténtica ha de ser posible que nos atrevamos a decirnos mutuamente cosas difíciles, no siempre agradables o fáciles de entender. Corremos el riesgo, queriéndolo o no, de ofender o agredir al otro, o de sentirnos ofendidos o agredidos por el modo en que otro nos habla. Si no estamos confiados en que seremos disculpados, si sospechamos que seremos condenados y etiquetados por nuestras palabras, difícilmente nos atreveremos a hablar de determinadas cosas. Esta segunda razón nos obliga a contar a priori con la capacidad de perdonar -del otro y de nosotros mismos- cuando nos disponemos a hablar entre nosotros a corazón abierto.

Algunas equivocaciones y todas las traiciones producen daño y desconfianza y, si uno no sabe cuidar muy bien de su corazón, producen también resentimiento. El re-sentimiento es una «autointoxiación psíquica» (Max Scheller), un veneno que nos tomamos nosotros mismos con la falsa esperanza de que el daño lo sufra el otro –aquel que alimenta mi resentimiento, porque me dañó-. Sin embargo, lo que realmente hace el resentimiento es conservar y alimentar el sentimiento del daño recibido. En ese sentido, el resentimiento es una esclavitud que nos impide vivir desde otro lugar que no sea el dolor y la sospecha. Mientras que el perdón es una liberación para vivir desde la alegría y la confianza.

Esto, que ocurre en la comunicación interpersonal, ocurre análogamente en la comunicación pública. Twitter es, de nuevo, un territorio fecundo del que extraer ejemplos para el análisis de la comunicación pública:

Independientemente de que estemos a favor o en contra de las conclusiones de Elena Berberana, debemos reconocer su valor. Está dispuesta a defender su postura a pesar del linchamiento público que ya se ha perpetrado contra algunos que piensan como ella. Un linchamiento masivo y anónimo, influyente e irresponsable, que vulnera el honor y el buen nombre de quienes piensan como ella. El riesgo que corre y acepta por parte de otros es el de la ofensa de la turba. El riesgo del que debe prevenirse ella misma es que deje crecer en su corazón el resentimiento contra quienes la ofendan o agredan verbalmente por haber compartido sus ideas.

Cuente o no Berberana con la capacidad de perdonar de quienes se sientan ofendidos por sus palabras (aunque no hubiera razones objetivas para sentirse ofendidos), habrá de contar, sin duda alguna, con su propia capacidad de perdonar las ofensas e insultos que reciba por publicar sus ideas. Y habrá de hacerlo para evitar en su corazón cualquier resentimiento que, de arraigar, le impediría seguir haciendo su trabajo como considera que debe hacerlo.

Sirva este ejemplo, aunque inmediatamente deba pedir disculpas por usarlo. Verán que el ejemplo no aparece en el titular, ni en las etiquetas, ni espero que nadie llegue a esta nota por el oportunismo o la percha de actualidad que supone usarlo. Hablar de más o menos valor y perdón en twitter es una cuestión trivial ante el drama humano que provocó el juicio y la sentencia de la que estamos hablando. Imaginen por un momento el juicio: a la víctima y a los agresores; a la defensa, la fiscalía y los jueces; a las familias y los amigos. Qué decir, qué no decir y cómo hacerlo. Quiénes y cuántas veces habrán sentido que su decir o callar era inoportuno. Y, sin embargo, es de ley que algo sea dicho y juzgado. Ese es el drama de la comunicación y la convivencia y por eso, porque a menudo pisamos terreno sagrado, las disculpas, el perdón y el cuidado del corazón son tan relevantes.



Finalizo, con esta nota, el propósito de comentar el conjunto de condiciones necesarias y suficientes para una comunicación auténtica: la escucha activa y el silencio interior, la presencia intencional, la intencionalidad compartida, un logos compartido, un clima de veracidad y confianza, y la capacidad de perdonar. Esta investigación es fruto de la tesis doctoral Crítica, fundamentos y corpus disciplinar para una Teoría Dialógica de la Comunicación, presentada sintéticamente en el artículo «Teoría Dialógica de la Comunicación: devolver al hombre con el hombre al centro de la investigación».

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