sábado, 7 de septiembre de 2013

Una causa común que nos define

Eugène Delacroix, La libertad guiando al pueblo, 1830.

Funciona igual en las pandillas callejeras, las tribus urbanas, las sectas, los equipos de fútbol, las empresas, los ejércitos, las parejas de mus, las familias que pasan por dificultades, las religiones, los grupos musicales, las asociaciones de vecinos, los nacionalismos, los alcohólicos anónimos, los últimos supervivientes de la humanidad y la Compañía del anillo. Nada une más ni nos otorga más fuerza que aquello que nos distingue, define y une en la conquista de un objetivo común. Es un esquema profundamente humano: unificar sentido y compañía. Entonces, todo parece conspirar a nuestro favor y hasta las dificultades son una oportunidad para crecer juntos.

Quizá la chispa es el asombro al descubrir una causa, un anhelo, o un sueño compartidos. El rumbo lo marca la clarificación de las metas y objetivos concretos. El motor son los ánimos y el reconocimiento mutuo, que se alimentan de los primeros resultados, por sencillos que sean. En espiral creciente, esas sensaciones se potencian mutuamente: asombro, confianza, metas, compromiso, resultados, satisfacción, más asombro y (auto)confianza, nuevas metas… y así, sucesivamente.

Tres pistas. La primera: la pasión por la causa compartida. Desde la supervivencia hasta nuestra realización personal, tengamos los motivos que tengamos, tiene que irnos la vida en ello. Debemos incorporar a la tarea común todas nuestras fuerzas, incluidas aquellas que reservábamos para todo aquello a lo que hemos renunciado en nombre de ese objetivo común.

La segunda: los talentos de los quiénes. El quién hace qué no puede ser una decisión caprichosa. No hay dos personas iguales, dos tareas iguales, ni dos modos iguales de actuar. Cada acción tiene un sello personal. Incluso en los procesos de fabricación, por ejemplo, en el montaje de un Ferrari, cabe el sello personal, y por eso cada ingeniero estampa su firma en la pieza de la que es responsable. Hay que descubrir quiénes son los mejores en cada tarea, y conviene recordar que podemos invocar y hacer presentes a muchos grandes hombres, porque están en los libros, en los símbolos, en las imágenes, hasta en los edificios.

La tercera: la causa. Es verdad que en los primeros pasos del proceso funciona casi cualquier causa. Cualquier excusa, si llega en el momento oportuno, puede proporcionarnos unidad y fuerza para alcanzar casi cualquier meta. Pero los hombres llegamos a ser aquello que amamos, y las causas equivocadas vuelven toda nuestra fuerza y unidad contra nosotros mismos. Muchos de los ejemplos del primer párrafo son buena prueba de ello. El subidón que nos proporciona el arranque de la película La ola es fácil de confundir con el que tenemos cuando se conforma La Compañía en la primera entrega de la saga de El Señor de los anillos, pero los resultados son, exactamente, los contrarios. Por eso, más importante que la emoción preliminar es acertar con las causas y los medios adecuados. No es tan difícil: en La ola, la única causa son ellos mismos; en la Compañía del anillo, la causa es el bien de la humanidad. Cuanto más grande es el bien o la causa que perseguimos, más grande es el crear en nosotros mismos.



Este artículo pertenece a la serie #CrearEnUnoMismo y su primera versión fue publicada originalmente en LaSemana.es.

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