viernes, 24 de noviembre de 2023

Sagasti: de padres e hijos

Calle Mártires concepcionistas, 1. Madrid.

Me recuerda un doctorando —y hace bien— que no estoy cumpliendo la promesa de compartir por esta vía mi #CaminoATitular, aunque algo más lo he hecho en Ig. Lo cierto es que he avanzado mucho en las lecturas y el plan de trabajo y pronto daré cuenta de eso. Pero no así en la escritura. Acumulo más de 100 páginas que habrán de tener otro uso —futuros papers—. Pero sí, ya he encontrado el tono, al menos para la primera parte del proyecto que es, en realidad, memoria. Son ya unas 40 páginas. Comienza así...

Sagasti: de padres e hijos

Colegio Calasancio, antigua cárcel de Porlier, finales de los 80. «Es listo, pero muy vago», repetían los profesores a mis padres. Tomaban como evidencia la evaluación continua. Primeros parciales: 0, 2, 4, 3… Hacia mitad de trimestre: 7, 6, 8, 10… Nota final: aprobado. Los datos eran ciertos. La interpretación, errada. No es que yo pasara las tardes tumbado en la cama con la mirada fija en el techo, que también. Es que prefería hacer otras cosas que mis preocupados profesores no veían, pues lo las recogían los números. Jugar al baloncesto, practicar judo, escuchar música, leer y escribir, ojear láminas y dibujar, repasar atlas y trazar mapas de islas imaginarias, diseñar aventuras de Dungeons & Dragons para meter en problemas a mis amigos y ver cómo los superaban. El plan era el siguiente: gastar poco tiempo y esfuerzo en memorizar datos sin contexto o en solucionar problemas artificiales que ya estaban resueltos. Invertir el tiempo y esfuerzo ahorrados en entrenar el cuerpo, la mente y el corazón. Disfrutar con amigos de actividades estimulantes; entrar en contacto directo con los grandes pensadores, escritores, artistas; inventar situaciones realmente nuevas y tratar de solventarlas creativamente.

Me iba bien así, hasta que una vez —8º de EGB— calculé mal. Demasiados suspensos. Llegaron las notas pero en casa, esta vez, apenas hubo chapa. Mi padre me invitó a tomar un café en Sagasti. El bar de la esquina, pero no cualquiera: el suyo, de adultos, con madera oscura y espejos, moqueta, luces cálidas que matizan la penumbra y camareros con pajarita negra y chaleco rojo. El barman, sin preguntar, puso un café solo a mi padre. Solo-solo, ni azúcar ni leches. «Otro para él. Es mi hijo». ¿Puede una voz sonar dura y tierna, orgullosa y preocupada, todo a la vez? Puede. Olvidé las palabras exactas, no las ideas. 1) Tu madre y yo te queremos y te vamos a querer siempre. 2) Mientras estemos aquí, pondremos todo de nuestra parte para no te falte nada importante. 3) No siempre vamos a estar aquí. 4) Lo mejor que podemos darte, para cuando no estemos, es una buena educación. 5) Nosotros podemos dártela pero nuestro esfuerzo es inútil si no quieres recibirla. 6) Te toca decidir. Piénsatelo y en un tiempo volvemos a hablar. 

Nunca volvimos a hablar exactamente en esos términos, pero mis notas empezaron a hablar por mí. Tímidamente ascendentes en BUP y COU, pues el sistema educativo se empeñaba en truncar mis planes. Luego encontré mi tribu y mi zona en el entonces Centro Universitario Francisco de Vitoria (CUFVi), adscrito a la Universidad Complutense de Madrid (UCM): licenciado en Periodismo (Premio Extraordinario de Licenciatura), máster en Filosofía (sobresaliente summa cum laude et honore), doctor en Humanidades y Ciencias Sociales (sobresaliente summa cum laude). El CUFVi logró su homologación como universidad privada un año después de que yo concluyera mis estudios (julio de 2001). Hoy, en ya la Universidad Francisco de Vitoria (UFV), al enfrentarme a los nuevos alumnos, les comparto algunas ideas. 1) Cuentas con nosotros y con los medios de la universidad para crecer personal y profesionalmente. 2) Este es un entorno seguro, pero el mundo aguarda. 3) Lo mejor que podemos darte es una buena educación. Pero nuestro esfuerzo es inútil, si no quieres recibirla. 4) Te toca decidir. Cuando veo a algún alumno despistado, pienso: ¿Será vago? ¿Qué es lo que no estoy viendo? ¿Estará donde debe estar? ¿Estará con quien debe estar? Hablo con él. Suele ser el principio de una buena historia.

En Sagasti nace un vector específico de mi vocación, esa trayectoria vital que me impulsa hoy hacia la titularidad.

...

Cuenta la leyenda que a mediados del siglo XX servían en Sagasti café-café y no malta con achicoria —sucedáneo típico en la posguerra civil española—. Hoy Sagasti es un local muy luminoso, con la cocina abierta y forrada de baldosines blancos, barra y sillas de aluminio, suelo duro y frío. La puerta, forrada de carteles amarillos y fotos de comida es toda ella un anuncio. ¿Su nombre? No, no es Sagasti. Es KEBAB ARTESANAL 100% HALAL. Así, todo en mayúsculas. Me he prometido entrar al menos una vez. «Artesanal» y «halal» —carne de animal sacrificado conforme a los ritos prescritos— son palabras que sugieren la presencia de un fantasma antiguo que se resiste a abandonar este plano de existencia.

Nota para mis queridos millennials

8º de EGB (Enseñanza General Básica) marcaba el fin de los estudios obligatorios, ordinariamente cumplidos los 13-14 años de edad. A partir de ahí, las opciones eran: 1) trabajos no cualificados; 2) ciclos de FP (Formación Profesional) para alcanzar trabajos cualificados uno o dos años después; 3) mantenerse como escolar entre 7 y 12 años más de estudios reglados (BUP, COU, universidad), antes de convertirse en alguien productivo para la sociedad.

BUP son las siglas del Bachillerato Unificado Polivalente, marcado por cuatro opciones que en su nombre conservan algo de la estructura pedagógica medieval ideada en el siglo VI (el trivium y el cuadrivium): ciencias o letras puras, ciencias o letras mixtas. El COU (Curso de Orientación Universitaria) en realidad no estaba diseñado para orientar al alumno, sino a las universidades. Contribuía a establecer la nota de corte —cuchilla afilada— que abría o cerraba las puertas a determinadas titulaciones.

El lenguaje escolar conservaba, si bien en desuso, el tratamiento de «don» para quien culminaba la EGB [El uso lingüístico del «don» como tratamiento diferencial para algunas personas nos ofrece un esbozo sugerente para una historia de las estructuras sociales]. Parece colegirse de ahí que quien abandonara los estudios sin concluir la EGB era un «don nadie». En las lecturas obligatorias de la EGB, descubríamos personajes cuyo nombre era precedido por los títulos de «bachiller», «licenciado», «doctor» o «maestro». Algunos de ellos son todavía de uso cotidiano, por ejemplo, en México. 

Hubo, pues, un tiempo —no demasiado largo— en que la vida pública quedaba parcialmente ordenada por categorías académicas. Ese uso lingüístico antes vigente está hoy en retirada, incluso en ámbitos escolares y universitarios. Quizá ser doctor, titular o catedrático ya no significada nada socialmente relevante; o quizá son títulos contaminados por el resentimiento de clase o el victimismo woke. Averiguar el porqué de este desuso lingüístico nos diría algo del inmediato porvenir.

1 comentario:

  1. Muchísimas gracias, Álvaro, maestro. Cuando te dé la vida no olvides reunir y contar algunas de esas buenas historias que nacen de tus charlas con alumnos despistados. Nos encantará conocerlas y aprender de ellas. Un abrazo.

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