domingo, 20 de octubre de 2013

La efectividad es hija de la paciencia

Robert Doisneau, El infierno, 1952.
- ¿Has preparado esta conferencia tan buena en una sola tarde?
- No, en una tarde la escribí. Llevo preparándome para ella 20 años.

 Es una anécdota que protagonizó mi querido maestro y colega Ángel Sánchez-Palencia, quien nunca se cansa de argumentar que las personas que dicen cosas profundas e inteligentes no lo hacen porque les vengan ideas como setas en otoño, sino como fruto maduro de muchos años de estudio y de convivencia con el problema. En el arte, en la interpretación musical, en el fútbol, en la oratoria… en todos los casos es igual. Incluso lo que llamamos improvisación, es brillante porque quien improvisa lleva entrenándose para ello mucho tiempo. Podríamos decir, incluso, que para muchos creadores toda la vida que no es creación, es entrenamiento.

El mundo académico y universitario necesita recordar este sencillo principio: la formación de jóvenes, la adquisición de cultura y la investigación científica y humanística son tareas cuyo ritmo natural es muy distinto del capricho de cualquier interés particular y, por supuesto, es mucho más pausado que el ritmo que marca el mundo de hoy en casi cualquier ámbito personal y profesional. Muchos dirían que son actividades lentas, pero esa palabra es inexacta: serían lentas si se invirtiera en ellas más tiempo del que naturalmente necesitan, pero lo cierto es que, en realidad y por lo general, se invierte menos tiempo del necesario. Es decir: que a pesar de que el mundo las llama lentas, suelen ejecutarse a un ritmo más rápido del que les es propio.

Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, de Stephen R. Covey, fue publicado en 1989 y hoy (más de 15 años después), el libro se ha convertido en la piedra angular sobre la que edificar toda una forma de entender el desarrollo personal, familiar y empresarial. Covey ha vendido 15 millones de ejemplares y el prestigio y difusión de la obra han permitido la creación de una compañía presente en 123 países. En la página de agradecimientos, Covey revela que el origen de su reflexión está en los años 70 (unos 15 años antes de la publicación), como parte de un programa doctoral en el que empezó a investigar la literatura sobre el éxito escrita en los últimos 200 años. Entre los agradecimientos a la primera edición, menciona a la multitud de alumnos y colegas y a los miles de personas con los que ha discutido su obra hasta llegar «lentamente» -es literal- a la formulación contenida en su libro.

Fueron 15 años de investigación; y otros 15 hasta alcanzar el actual éxito de la obra (y de su proyecto de desarrollo personal, familiar y empresarial). La efectividad de su trabajo hoy debemos comprenderla a la luz de los últimos 30 años. La efectividad de su primera reflexión madura e inspiradora de todo lo demás, hay que valorarla (al menos) en 15 años de oscuro trabajo investigador. Este ejemplo contrasta con las pretensiones de algunas autoridades académicas (¿políticas? ¿empresariales? ¿pedagógicas?) que proponen aplicar la obra de Covey para enseñar a nuestros alumnos a formarse en competencias, abandonando metodologías obsoletas como la lección magistral. Si esas mismas autoridades se molestaran en leer el subtítulo de la obra de Covey se encontrarían con lo siguiente: «Lecciones magistrales sobre el cambio personal». Ciertamente, la maestría de Covey –apodado el Sócrates americano- no se limita a la lección magistral. Pero dedicó 15 años a preparar las suyas; y en todo lo que vino después, ha remitido siempre a ellas.

Alguno me dirá que no podemos esperar 15 años para fundar Facebook. No bastará responder que quizá sí pudieron esperar un poco más para sacarla a bolsa. Conviene decir que la tecnología que hace posible Facebook tiene 50 años; y la filosofía y mentalidad de la que Mark Zuckerberg es un hijo inconsciente se gestó hace 100. Esa mentalidad no sólo ha permitido la aparición de Facebook, sino de todas las tecnologías que han cambiado el mundo en estos últimos 30 años. Covey –menos egocéntrico- no olvida en sus agradecimientos mencionar a la «sabiduría transgeneracional» a la que tanto debe.

En el prólogo de su obra, el segundo consejo que da Covey es el siguiente: «La gente quiere cosas, y las quiere ya. Las exigencias del interés son implacables e inexorables. La realidad que actualmente se impone y que obedece a las exigencias del capital es la necesidad de producir hoy, pero el auténtico mantra del éxito es la sostenibilidad y el crecimiento». La cuestión clave, según él, es trascender el hoy y mirar a 10 o 15 años vista.

Los grandes, como Séneca, no pensaban a 15 años vista; pensaban en los próximos 1000 años. Los más grandes, como Sócrates, piensan en clave de eternidad. Pero no hay que irse muy lejos. En esa misma clave pensaron Gandhi y Madre Teresa, Albert Einstein y Nelson Mandela. Si hoy o mañana no fuera el horizonte de vida que nos planteamos, no sólo haríamos de nuestro éxito algo sostenible y grande, sino que evitaríamos crisis financieras, económicas y ecológicas como la que hoy nos asfixian.

«Vísteme despacio, que tengo prisa», dice el refranero popular. Si hablamos de formación, cultura, ciencia y humanidades, o si hablamos de crear algo grande y sostenible, debemos aprender a atemperar nuestros intereses y ser pacientes, es decir, aprender a ajustarnos a los ritmos naturales de las cosas

¿En qué otros campos crees que los ritmos que impone la sociedad no son los naturales?

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Este artículo, ahora revisado y actualizado, pertenece a la serie #CrearEnUnoMismo y fue publicado originalmente en LaSemana.es.

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