lunes, 26 de febrero de 2018

El «sistema de vigencias»: clave para comprender cualquier realidad social

Genial viñeta que refleja un importante cambio en nuestro sistema de vigencias relativas a la Educación.

¿Por qué las organizaciones se resisten al cambio? ¿Por qué los jóvenes se rebelan contra lo establecido? ¿Por qué hay entornos en los que nos sentimos alienados? ¿Por qué hay lugares en los que nos sentimos proyectados? ¿Por qué es necesario eso que llamamos «proceso de socialización»? ¿Por qué en educación nos debatimos entre dejar florecer la personalidad del alumno o enseñarle, quiéralo o no, una serie de cosas que consideramos fundamentales?

Las cuestiones arriba apuntadas suelen abordarse desde distintos ángulos: la Antropología filosófica, la Psicología, la Sociología, la Psicología social, la Teoría General de Sistemas, la Filosofía de la Educación… Pero creo que ninguna de estas cuestiones puede abordarse con el rigor adecuado sin atender a un concepto poco trabajado por estas disciplinas. Me refiero a la noción de «vigencia», apuntada por José Ortega y Gasset y desarrollada por Julián Marías en La estructura social (Alianza, 1993).

¿Qué entendemos por «vigencia»?
«lo vigente, vigens, es quod viget, lo que está bien visto, lo que tiene, por tanto, vigor, y, en un sentido secundario, lo que está despierto, en estado de vigilia o vigilancia. En español, la palabra vigencia se usa sobre todo en lenguaje jurídico: una ley vigente es una ley que está en vigor, que tiene “fuerza de ley”, que actualmente obliga […] Ortega ha introducido en el uso del término dos innovaciones: la primera es una extensión de él; en lugar de restringirlo a la esfera jurídica, lo emplea en todo su alcance; en segundo lugar, designa con el sustantivo “vigencia” cualquier realidad vigente, en cuanto que es vigente; así habla de las vigencias de una época, de las varias clases de vigencias, es decir, de los contenidos vigentes, atendiendo a su condición de tales, y por tanto a su función en la vida colectiva.

Vigencia es, pues, lo que está en vigor, lo que tiene vivacidad, vigor o fuerza; todo aquello que encuentro en mi contorno social y con lo que tengo que contar. En este carácter estriba el valor de las vigencias. Si en mi mundo social existe una realidad respecto de la cual los individuos no tienen que tomar posición, de la cual pueden desentenderse, con la que, en suma, no tienen que contar, no es una vigencia. […]

El que algo sea vigente no quiere decir que yo tenga que adherir a ello; puedo muy bien discrepar; pero ahí está lo importante, tengo que discrepar. […] Al discrepar es como mejor compruebo la realidad de la vigencia, su resistencia, su coacción, a la cual me pliego o que tengo que rechazar mediante un esfuerzo.

[…] hay que subrayar que no son acciones; su vigor se ejercita con la presencia, a veces con su simple inerte resistencia, como el muro que me cierra el paso.

[…] Al decir que tengo que contar con las vigencias, podría entenderse que ese contar es forzosamente activo, que es un expreso atender a ellas, con conciencia clara. No hay tal. Esa actitud mía solo se da en dos casos: cuando la vigencia no es plena o cuando yo personalmente discrepo de ella. En otros casos yo cuento con ella de forma pasiva, siendo informado y conformado por ella, comportándome de acuerdo con ella, sometido a su influjo tan imperioso como automático» (La estructura social, 95 y ss).
Toda sociedad concreta en un tiempo histórico concreto posee un «sistema de vigencias» que la caracteriza y la define, y que conforma el «sistema de posibilidades» con el que las personas que participan de esa sociedad cuentan para realizar su vida. Lo que aquí se dice de una sociedad puede decirse, análogamente, de una organización, un equipo de trabajo o una familia.

Marías distingue tipos de vigencias, que agrupa en diversos subsistemas. Está, por ejemplo, el «sistema de creencias», no en el sentido religioso de la expresión, sino en el orteguiano: las creencias son los supuestos implícitos, inconscientes y, por lo tanto, no cuestionados, desde los que se piensa. Junto a él, está el «sistema de ideas» (las ideas que se tienen), el «sistema de estimaciones» (lo que se valora, y la jerarquía de esos valores), el «sistema de pretensiones» (lo que se espera y, sobre todo, lo que activamente se persigue) y, finalmente, el «sistema de usos», lo que usualmente se hace, las costumbres. Todos estos subsistemas se influyen mutuamente. Nótese el impersonal, el se, pues eso es justo lo característico de eso que llamamos la vida social. No es que alguien concreto crea, piense, estime o pretenda algo, sino que, en general, se cree, se piensa, se estima o se pretende algo.

Antes de discutir si una vigencia nos gusta o no, si es buena o mala, adecuada o improcedente, conviene reconocer dos cosas. En primer lugar, que las vigencias son, como tales, necesarias. Sin vigencias que regulen las relaciones sociales nadie sabría a qué atenerse, lo que deviene necesariamente en caos, incertidumbre, inestabilidad, inseguridad y, finalmente, en la imposibilidad del desarrollo personal y social. Dicho en positivo: las vigencias procuran la estabilidad necesaria para articular las relaciones entre las personas y el desarrollo tanto de las personas como de las sociedades. Son -insistamos- el  «sistema social de posibilidades» con el que contamos para realizar nuestra vida. En segundo lugar, conviene también reconocer que la estabilidad de las vigencias viene garantizada por el acto de la traditio, en el cuál la generación anterior lega a la siguiente el conjunto de vigencias a partir del cuál la nueva generación puede seguir haciendo historia. «La civilización avanza en proporción al número de operaciones que la gente puede hacer sin pensar en ellas», recuerda Daniel Innerarity a cuento de La democracia del conocimiento (2011, 23). Si algunas vigencias no se legaran de generación en generación bajo la forma de eso que llamamos tradición el ser humano se habría extinguido o, en el mejor de los casos, seguiría viviendo en las cavernas.

Precisamente porque las vigencias son necesarias para la supervivencia y el desarrollo de toda comunidad humana, resulta que han de imponerse a todo el que quiera ingresar allí. Es lo que se llama «proceso de socialización» y es esa una función –no la única- de cualquier sistema educativo. Luego ocurre que algunas de esas vigencias han de sufrir –y van a sufrir, quiérase o no- modificaciones. Por muy diversas causas: la interacción social, los cambios en el entorno y, en última instancia, lo que las personas hacemos con nuestras vidas. Hay, por tanto, vigencias en estado naciente, otras en la plenitud de su vigor y alcance y hay vigencias en declive.

Una de las razones –no menor- por la que cuesta implementar cambios en las organizaciones tiene que ver con que los cambios han de enfrentarse con creencias, ideas, usos, estimaciones o pretensiones vigentes. Una de las razones del enfrentamiento entre generaciones tiene que ver con el choque de los jóvenes contra las vigencias de los adultos. El problema no lo tienen con un adulto concreto, sino con todo en general, con «el sistema» tal y como le es presentado al joven. Una de las razones por las que nos sentimos alienados en algunos entornos es que las vigencias de ese entorno conforman un sistema de imposibilidades para nuestro desarrollo y crecimiento personal. No es, necesariamente, que allí no encontremos personas maravillosas, ni tampoco que las vigencias sean malas sino, sencillamente, que el sistema de posibilidades que allí se ofrece no concuerda con nuestras singulares y personales pretensiones. Allí no podemos ser quienes creemos que estamos llamados a ser. Una de las razones por las que algunos lugares nos proyectan e ilusionan es el sistema de vigencias de esos lugares, que se nos presentan como un poderoso sistema de posibilidades de desarrollo y crecimiento personal.

Queda por ver cómo habérnoslas, personalmente o en grupo, con el sistema de vigencias en el que nos toca vivir. Y si podemos o debemos cambiarlo. Y, llegado el caso, cómo hacerlo. Pero eso habrá de quedar para otra ocasión. En el seno de la Cátedra Irene Vázquez, Empresa Centrada en la Persona (IDDI-UFV) estamos trabajando en ello, en relación con el cambio organizacional. Aquí tienes un primer fruto de nuestra investigación: SASTRE, Antonio. “Claves antropológicas del cambio en las organizaciones”, en Cuadernos de Empresa y humanismo, nº 132, 2018.

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