sábado, 23 de agosto de 2014

Antes que el diablo sepa que has muerto: ¿podemos "ajustar cuentas" con la vida?

Fotograma de Antes que el diablo sepa que has muerto (Sidney Lumet, 2007).
«¿Sabes una cosa? Lo bueno de la contabilidad inmobiliaria es que puedes… puedes sumar al final de una página o en medio de una página y todo encaja, al final del día todo encaja. El total es siempre la suma de las partes. Es limpio, claro, impecable, indiscutible. Pero mi vida no es… no encaja, es… nada está conectado con el resto, no. Yo no soy la suma de las partes. Todas las partes juntas no suman un único yo, supongo».

Así se desahoga el protagonista de Antes que el diablo sepa que has muerto (2007), hablándole al camello que le proporciona droga, una vez que su plan perfecto para hacerse rico destroza la vida de las personas a las que quiere. Sidney Lumet nos ofrece otra película cuya excesiva crudeza no deja de regalarnos reflexiones interesantes.

La contabilidad es un artificio, una abstracción, un juego exacto de nuestra inteligencia para cuadrar las cuentas de otro artificio milenario: el dinero. La vida humana es otra cosa. No entiende de fórmulas matemáticas, no puede reducirse a un puñado de variables y ni siquiera es la suma de todo lo que hacemos con ella. Cuando aplicamos las reglas de la contabilidad a nuestra vida, ésta se rebela. Y, como toda rebelión, trae consigo gran violencia. A veces, física; otras, moral; pero, las más de las veces, estallan las dos juntas.

Cuando afrontamos la vida como un problema, toda nuestra vida se torna problemática: todo se confunde en variables, planificaciones, objetivos, resultados… todo se desnaturaliza y ya no se puede disfrutar de nada. Porque ninguna interminable lista de metas cumplidas sabe igual que un solo trago de cerveza disfrutado con amigos. Además, nuestra vida nunca se soluciona, los problemas se suceden unos a otros y algunos jamás los resolvemos, por lo que nuestra lucha se convierte en un perpetuo preocuparse jalonado con picos de frustración.

Quizá por eso decía Salvador de Madariaga que más que a solucionar problemas debemos dedicar la vida a dejar que los problemas nos solucionen: nos ayuden a ser generosos, abiertos, responsables, a mirar más allá de nuestras preocupaciones y debilidades, a confiar en los otros, a rezar, a aceptar nuestras limitaciones y las de los otros, a querernos como somos, a querer a los otros como son.

Las reglas de la vida son otras. Como decía San Juan de la Cruz, hay un solo examen importante, al final de nuestra vida, que medirá cuánto hemos amado. Pero el amor no se mide en tablas contables, ni es la suma de sus partes, ni cuadra al final del día. El amor ni entiende de cuentas ni cabe en ellas. El amor sólo sabe de la vida; por eso es el amor, y no la matemática, quien nos enseña a vivir.

Y allí donde los números se ocupan de las cosas, y el amor se ocupa de la vida, aparece ese lugar donde la vida se ensancha.

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 Este artículo de la serie tú también reproduce el publicado previamente en LaSemana.es.

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