lunes, 12 de febrero de 2018

¿Desde dónde pensamos? Mentalidad dialéctica vs. mentalidad dialógica




La palabra «dialéctica» tiene en la antigua Grecia en un sentido técnico. El método, en lo esencial, consiste en que alguien defiende la razonabilidad de una afirmación o una postura al tiempo que otro trata de refutar la validez de esa afirmación o de esa postura. El objetivo final sería llegar a conclusiones que validan, invalidan o matizan el planteamiento inicial.

Aristóteles aclara en su Organum que la dialéctica no es un método adecuado para la ciencia (si el agua hierve a 100 grados centígrados o si el hombre es un animal racional no es algo que se discuta, sino algo que se muestra o se demuestra). Sin embargo, la dialéctica es el método válido para discutir sobre los asuntos humanos: si una interpretación de los hechos (en un caso judicial) es más razonable que otra, o si la aprobación de una determinada ley será conveniente o inconveniente para el conjunto de la ciudad. También subraya Aristóteles que la dialéctica exige cierta actitud y aptitud entre las partes.

Ahora bien, ya en Grecia, en torno al ejercicio dialéctico, reconocemos dos mentalidades muy distintas. Hay quienes usan la dialéctica como un método en el que las partes enfrentadas caminan juntas para clarificar una cuestión (Sócrates, Platón, el mismo Aristóteles); hay también quienes usan la dialéctica para favorecer sus propios intereses frente a los demás (sirva, como tópico, acudir a la figura de los sofistas). Estas dos mentalidades siguen hoy vigentes.

Hay quienes piensan que un juicio consiste en clarificar si el acusado es culpable o no y, si lo es, en discernir cuál es la condena justa; y hay quienes piensan que un juicio consiste en que el abogado defiende los intereses del cliente contra los intereses de la comunidad y que el fiscal defiende los intereses de la comunidad contra los intereses del acusado. Hay quienes piensan que el Parlamento es un lugar para discernir sobre el bien común de un país y hay quienes piensan que el parlamento es un lugar para defender los intereses de una parte –un partido- de ese país frente a los intereses de las otras partes. Esta ambigüedad en torno al sentido de la dialéctica ha generado mala prensa no sólo en torno a las técnicas de debate, sino también en torno a la vieja y honorable Retórica.

El término «dialéctica», a partir del pensamiento de Hegel, ha adquirido un sentido distinto o, mejor, una alcance mayor. Desde entonces, para muchos filósofos, sociólogos e historiadores la dialéctica no es sólo una forma de razonar, sino el ADN del cambio histórico. La historia avanzaría necesariamente a partir de la fórmula tesis (afirmación) – antítesis (negación de la afirmación) – síntesis (negación de la negación, o aparición de un nuevo estado de cosas). Una concreción de este esquema, ya planteada por Hegel, es la oposición entre señor (tesis) y esclavo (antítesis), que tan luminosa pareció a Marx para justificar procesos revolucionarios.

Desde entonces, el esquema de la lucha entre señores y esclavos ha sido utilizado por diversas ideologías para dar una interpretación deformada del pasado que justifica no sólo sus intereses presentes, sino el empleo de métodos de confrontación, lucha e incluso violencia contra los que piensan distinto. Surge así la dialéctica entre empleadores (identificados injustamente como capitalistas y, en cualquier caso, señores) y empleados (¿socialistas? o, en cualquier caso, esclavos). Entre individuo (señor feudal) y colectivo (pueblo oprimido). Entre profesor (representante de la opresión oficial) y alumnos (esclavos). Entre lo antiguo o la tradición que se impone (señor) y lo nuevo, revolucionario o progresista (esclavos). Entre lo intelectual y lo manual. Entre los hombres (señores) y las mujeres (esclavas). O, por remitir a un caso concreto tan singular en nuestra historia reciente, entre la casta (el dueño opresor y corrupto) y el pueblo (absolutamente casto e inocente). A la fe o creencia –muchas veces inconsciente; otras veces tendenciosa- en que este esquema explica toda la realidad es a lo que en diversos escritos he llamado «mentalidad dialéctica».

Es claro que estos esquemas encuentran anclaje histórico para justificarse. También es claro que si uno mira con honestidad toda la historia, se descubre que este planeamiento de las cosas no es ni absoluto ni necesario. Es un chiste entre académicos recordar que que cuando la realidad histórica no coincide con la idea dialéctica, ¡peor para la historia! Además, es claro que esta visión de las cosas no responde a los anhelos más profundos del corazón humano. Si miramos las cosas en detalle, en concreto, si nos dejamos de abstracciones, cualquiera de nosotros estaría al lado de Sócrates y contra los sofistas. Cualquiera de nosotros estaría de acuerdo con que el ADN de la historia, los momentos estelares de la Humanidad, aquellos episodios en los que nos reconocemos más humanos, no tienen que ver con el conflicto, la guerra o la lucha, sino con el encuentro. Con una lucha amorosa de inteligencias que, viendo lo distinto, aprenden a encontrar lo común e, incluso, a valorar y apreciar lo distinto justo por distinto, porque es bueno que sea distinto.

Por otro lado, aunque intelectualmente todos estos esquemas ideológicos resultan ser muy débiles, afectiva y emocionalmente son muy poderosos. Aprovechan las heridas de la personas (¡quién no ha sido herido alguna vez!), las encauzan como indignación, las vinculan en una falsa fraternidad común (somos las víctimas, los esclavos) y las empujan hacia un enemigo común (un chivo expiatorio acusado de dominador). Por eso las ideologías cambian la historia, por eso son usadas como herramienta de transformación social, por eso son todas gravemente manipuladoras. Porque, al final, las heridas no se combaten con artes de la guerra, sino con artes de sanación. Si a la mentalidad de victimismo y enfrentamiento la he llamado «mentalidad dialéctica», a la mentalidad especializada en las artes de sanación la he llamado «mentalidad dialógica».

Ya Sócrates decía que el diálogo (su método) es medicina para el alma; y un buen puñado de autores en el siglo XX (Buber, Mounier, Marcel, Levinas, Ebner, Guardini, López Quintás…) han acuñado la expresión («dialógica», «dialógico», «filosofía del diálogo», etc.) para referirse a ese modo de pensar y vivir aún más antiguo que la guerra, y mucho más fecundo.

Un alumno del Grado en Creación y Narración de Videojuegos a quien di clase el pasado curso me dijo el otro día, en un encuentro fortuito, que yo apenas había trabajado en clase este tema. Pude entonces hacerme el ofendido e iniciar una espiral de acusaciones dialécticas sobre lo poco que parecía interesarles entonces el tema. Pero eso no nos hubiera conducido a nada creativo. Quise ver en ese reproche una oportunidad de seguir construyendo juntos y, sin duda, esa era su intención. Sirva este artículo como respuesta a su justa demanda.



Sobre estas cosas reflexioné a modo de tentativa en 2014, en el encuentro que tuve con los chicos de la Escuela de Liderazgo Universitario (ELU), continuación natural del programa Becas Europa (arriba tienes la grabación de aquel encuentro). Sobre estas cosas, por lo demás, pivota, en cierto modo, todo lo que publico en este blog.

La dialéctica, en su sentido original, tenía por objeto buscar juntos una mejor 
compresión de la realidad; hoy se ha convertido en sinónimo de ideología.

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