domingo, 17 de enero de 2016

Disfrutar del examen

Llevarse los problemas de copas con los amigos es un buen consejo para preparar 
un examen final... Aunque quizá el mejor día no sea justo el anterior al del examen.

Me gusta decir a mis alumnos que el examen final de una asignatura es como el All Stars de la NBA, como una final de la Champions League: el partido por excelencia, un momento cumbre para brillar y sacar lo mejor de nosotros. Hemos entrenado todo un año, practicado nuevos movimientos, técnicas eficaces, ideas bien probabas... Toca ahora demostrar de qué somos capaces. Es nuestro momento. Lo digo al principio de curso y algunos sonríen. Pero el examen se acerca, y quien no entrenó durante el año quiere borrarse del partido. Incluso entre los mejores jugadores hay quien siente una tensión tremenda, duerme mal la noche anterior, reza a un dios del que no se acuerda el resto del año y lo pasa realmente mal.

Si son buenos jugadores y han entrenado durante el año, con el pitido inicial todo eso pasa a un segundo plano y, en la primera jugada en la que intervienen, ya sólo piensan en ganar el partido. Entran de lleno en la prueba que determinará sus límites, sus posibilidades, su grandeza, su única y especial personalidad, lo que ellos y sólo ellos pueden hacer de esa manera. Nada más existe, sólo ellos y el examen.

Los malos jugadores, y los que no entrenaron, quedan desenmascarados. Los jugadores correctos nos brindan un buen partido y los espectadores y el entrenador disfrutan como lo hacemos ante una figura correcta, ante una ejecución ajustada, ante algo que es, sencillamente, como debe ser. Pero los grandes jugadores saben que eso no es suficiente. Llevan un año poniendo su vida en cada entrenamiento y su vida es su vida, única e irrepetible, irreductible, original. No nacieron para hacer sólo lo correcto, nacieron para superar lo correcto con algo extraordinario. Y entonces brota la magia.

Dicen que la magia es fruto del talento y, en parte, es verdad. Pero la magia supone también trabajo y sacrificio, descubrir ese sello personal que todos tenemos y que nos hace únicos e irrepetibles. Los hay con mejores condiciones que Magic Johnson o Zidane, con mejores porcentajes que Larry Bird o Andrés Iniesta. Pero no los hay como ellos. Son irrepetibles, porque se tomaron muy en serio a sí mismos, y nos lo demuestran el día del examen.

Cuando recojo en clase los exámenes finales, veo cierta grandeza en mis alumnos. Algunos rostros manifiestan la comprensión de no haber estado a la altura, y eso les hace nobles. Otros expresan la satisfacción de haber jugado un buen partido, aunque saben que podrían haberlo hecho mejor, pues no siempre tenemos un gran día. Otros se muestran aliviados por haber logrado algo correcto. Unos pocos han disfrutado de veras. Esos últimos, especialmente, me hacen disfrutar cuando corrijo. Aprendo mucho de ellos. Sus jugadas y planteamientos enriquecen mis clases del curso siguiente, y sus sueños, descubrimientos y esfuerzos nos hacen mejores a los que quedamos y a los que pronto vendrán.

¿Son todo esto imaginaciones mías? Lo pensé, por un tiempo. Pero los años y mis alumnos confirman mis impresiones. Lo conté en ¿Qué sentido tienen los exámenes en la universidad?. Y, desde el curso pasado, ya es un clásico dedicar una de mis clases a hablar de El examen de “la verdad” (o la refutación por la barba de Chema).

Porque cuando nos tomamos la vida en serio, los exámenes y pruebas del camino son para disfrutarlos, para brillar, para demostrar que podemos ensanchar los horizontes de nuestra vida y para iluminar a otros que deban pasar por ese trance. Cuando nos tomamos en serio la vida, el mismo examen de la vida es justo ese lugar donde la vida se ensancha.



Este artículo pertenece a la serie #TúTambién; su primera versión fue publicada LaSemana.es.

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