jueves, 13 de agosto de 2015

Sólo el asombro conoce

Werner Heisenberg formuló el principio de incertidumbre. Recibió el Nobel de Física en 1932.

La posibilidad del contacto con los genios mediante la lectura es una «gracia» para la que deberíamos prepararnos «como para la oración» (A.-D. de SertillangesLa vida intelectual, Atlántida, 1944). Quizá hubo un tiempo en que no era necesario decir esto. Aquel tiempo en que los libros eran escasos; la lectura, el privilegio de unos pocos; y conservar el saber por escrito, algo demasiado costoso como para relatar tonterías. En aquel tiempo, todo libro era un tesoro en sí mismo y por su contenido; y poder leerlo era un privilegio frente al que era imposible no responder agradecido. Hemos perdido la conciencia agradecida de herederos en este y otros muchos campos, y por eso, entre otras razones, resulta necesaria una pedagogía del asombro.

No son pocos los investigadores que nos previenen de que la pedagogía de manuales, que nos obliga a estudiar con rapidez lo seguro y firme ya demostrado, sigue un proceso contrario a la verdadera sabiduría, que exige indagar con mimo y por terrenos no explorados lo todavía no sabido. Nuestra opinión general es que la ciencia es algo firme y determinado, que el científico vive en un mundo de seguridades y que su disciplina puede explicarlo todo. Sin embargo, cuando nos acercamos a los escritos de los genios, re-descubrimos su experiencia original, vinculada a la teoría como observancia y contemplación.

Los diarios, cartas y biografías de los científicos nos cuentan cómo cada descubrimiento les provoca cierta veneración, les revela hermosura, sencillez y racionalidad en la naturaleza, les hace sentirse privilegiados, pequeños, afortunados:
«Las últimas semanas –son palabras de Werner Heisenberg– me han producido un profundo entusiasmo. Tal vez pueda ilustrar mejor lo que he experimentado a través de una analogía: la del intento de llegar a la cumbre fundamental y todavía desconocida de la teoría atómica […] y ahora que esa cumbre se encuentra justo ante a mí, todo el territorio de las relaciones internas de la teoría atómica se ha desplegado repentinamente ante mis ojos con claridad. Que estas relaciones internas muestren, en toda su abstracción matemática, un grado de increíble sencillez, es un don que sólo podemos aceptar con humildad. Ni siquiera Platón habría podido creer que fueran tan bellas. Estas relaciones, en efecto, no pueden ser inventadas. Existen desde la creación del mundo».
Éste, y otros hermosos testimonios de científicos de primer orden, han sido recopilados por Marco Bersanelli (astrofísico) y Mario Gargantini (ingeniero electrónico y periodista) en una antología memorable: Sólo el asombro conoce. La aventura de la investigación científica (Encuentro, 2006). Una obra muy recomendable que nos ayudará a experimentar esa «gracia» de codearnos con los gigantes de la ciencia, y ver cómo consagraron su vida a penetrar en los misterios de la naturaleza. A hombros de gigantes, evitaremos acostumbrarnos a lo ya sabido, amaremos la aventura del conocimiento, recordaremos que la veneración por el saber hace del laboratorio –y de nuestro mundo– un lugar donde la vida se ensancha.

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Este artículo, de la serie #TúTambién, revisa el publicado originalmente en LaSemana.es.

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