domingo, 3 de agosto de 2014

Ratatouille: «Cualquiera puede cocinar»

Fotograma de la película Ratatouille, (Brad Bird, 2007).

Además de persecuciones, golpes, humor y todo lo que necesita para convertirse en la favorita de los niños, Ratatouille (Brad Bird, 2007), nos regala reflexiones para todas las edades, especialmente para los jóvenes y adultos que aún quieren sentirse vivos. Es habitual que muchas de sus secuencias y frases aparezcan en cursos sobre comunicación, trabajo en equipo, coaching y desarrollo personal. Por ejemplo: cuando uno recibe un don, por absurdo que parezca -en el caso de esta rata, es su olfato-, debe aprovecharlo. En orden a la supervivencia y gracias a su olfato, Remy salva la vida a su padre y se convierte en el olfateador oficial, capaz de detectar cualquier alimento envenenado. En orden a algo mucho más valioso y creativo que sólo comer sin morir, Remy usa su olfato para cumplir su vocación de ser un gran chef.

«Cualquiera puede cocinar», sostiene el gran Gusteau, quien, incluso ya fallecido, inspiró con su arte y consejo a Remy, una sencilla rata de campo, hasta convertirla en chef del más reputado restaurante de París. En un primer sentido, esta frase viene a decir que con buena voluntad, constancia y un buen maestro cualquiera puede llegar a cocinar dignamente. Sin embargo, la frase tiene un sentido más profundo, que nos revelará el exigente crítico Anton Ego hacia el final de la película: «No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista sí puede provenir de cualquier lado».

La llamada de Gusteau, por tanto, va dirigida a todos los que quieren aprender a cocinar, pero, sobre todo, va dirigida a quien siente una vocación secreta en lo más hondo de su corazón y no se atreve siquiera a pensar que su sueño pueda convertirse en realidad. «Cualquiera puede cocinar, pero sólo los audaces pueden llegar a chef», completa Gusteau en otro momento de la película.

De la mano de su don y su capacidad para proyectarlo más allá de la supervivencia, surge la humanidad de la rata Remy, que sirve además de reproche para tantos y tantos humanos que desperdician sus talentos -y no hay mayor talento que el tiempo que nos es dado vivir- en cosas meramente útiles, pragmáticas, superficiales.

El modo en el que la rata Remy responde a su don para buscar su propio camino nos alecciona a todas las personas sobre cómo es la vida propiamente humana. El modo en que su familia -el clan de las ratas que sólo se preocupa por sobrevivir, por no meterse en líos, por no pensar, por vivir gregariamente-, nos sonroja a todos los que demasiadas veces vivimos acomodados en nuestra animalidad.

Hay mucho, mucho cine. Pero no todo el cine es bueno. Y la medida del buen cine no la da sólo la calidad técnica, el guión ingenioso o la banda sonora (magistrales las tres en esta película), sino otras apreciaciones que lamentablemente nadie premia: la capacidad de hablar al corazón del hombre, de revelar al hombre al propio hombre. Un cine así, especialmente cuando nos recuerda no sólo lo peor, sino lo mejor de nosotros mismos, es un cine donde la vida se ensancha.

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Este artículo pertenece a la serie ¿Tú también? y actualiza Cualquiera puede cocinar, aparecido originalmente en LaSemana.es.

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