martes, 15 de julio de 2014

Pedro Salinas y la magia del teléfono fijo

Fotografía del Archivo fotográfico de la Fundación Telefónica. Tomada de Nacional3rutahistorica.blogspot.com.

«Estabas muy cerca. Sólo
nos separaban diez ríos,
tres idiomas, dos fronteras:
cuatro días de ti a mí.
Pero tú te me acercabas
circos azules del aire
con el tonelete blanco,
en la mano del balancín
sonriente en el alambre.
Por el alambre, en la noche,
sin ver nada, te acercabas,
a oscuras, derecha, a mí.
Me decías: "Aquí estoy".
Aquí.
Me llegabas,
en alambre, por tu voz.
El mundo era, aquí, tu voz.
¡Qué ojos sin color, qué boca
sin trazo, qué carne ausente
de lo blanco, de lo rosa,
qué tú deshecha, tu voz!
[…]».
(Fábula y signo, Pedro Salinas).

Un hilo de cobre atraviesa el mundo para unir la voz y el oído separados por miles de kilómetros. Los alquimistas sabían que el cobre encerraba magia. Los científicos que inventaron la electricidad y el teléfono, lo demostraron. Nosotros, simples mortales, cuando usamos de la magia, nos acostumbramos al milagro. Por eso los magos no explican sus trucos: preservan nuestra alma de la falsa seguridad de lo falsamente explicado. Aun así, como nos empeñamos en normalizar lo extraordinario, el poeta nos devuelve a lo sagrado.

Chesterton en su Ortodoxia nos explica porqué es más sensato creer en los cuentos de hadas que en la explicación racionalista. Los primeros nos recuerdan constantemente que la vida es un milagro y sus reglas, misteriosas. La explicación racionalista trata de convencernos de que es normal que de una semilla minúscula crezca un árbol centenario de más de 30 metros de altura. Pero, ni es normal, ni comprendemos porqué sucede. La ciencia se limita a describirlo y apuesta a que sucederá de nuevo sólo porque ha sucedido hasta ahora, no porque sepa que así debería ser.

Poeta en verso, prosa y vida, optimista inmune y polemista invencible, Chesterton nos devuelve siempre a lo sagrado. Por eso, aunque sus ideas sean polémicas; sus críticas, durísimas; y sus enemigos intelectuales, a cientos; todos sus enemigos lo leyeron, y lo siguen haciendo. Porque hasta el materialista, el racionalista, el ateo y el protestante quieren participar del católico universo mágico de este escritor británico.

Quizá la grandeza del alquimista, del científico, del mago y del poeta no está en su profesión, sino en que no se acostumbraron al milagro. Quizá la miseria de los futuros mundos perfectos que nos presentan muchas obras de ciencia ficción no está en que alguien domine las libertades de los ciudadanos, sino en que éstos ciudadanos ven ese mundo artificialmente ordenado como perfecto, bueno, normal, seguro, adecuado. No nos escandaliza que alguien malvado o un iluminado quiera gobernar el mundo (lo tenemos bastante asumido); lo que nos escandaliza que nadie se sorprenda de que en ese mundo no ocurra nada extraordinario.

La alegría del hombre pende, en buena medida, de su capacidad para redescubrir cada día los milagros que le rodean: un lugar donde todos los hombres se sorprenden día a día del milagro de la vida, de los colores, de los árboles, de los hombres y de su propia vida. Un lugar donde los hombres, a pesar de todas las imperfecciones y sufrimientos injustos, se descubren agradecidos por el pan, el cobre, el perfume de las flores y la compañía de otros hombres es, sin duda, uno de esos lugares donde la vida se ensancha.

...

Este artículo pertenece a la serie Tú también, y actualiza el publicado originalmente en abril de 2008 en LaSemana.es.

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