domingo, 5 de enero de 2014

Carta a los Reyes Magos: «Me pido…» una vida transfigurada

Viaje de los Reyes Magos, James Tissot, 1894.

Requiem por un sueño (Darren Aronofsky, 2000) es una película demasiado dura para recomendarla, pero me enseñó algo importante: ten cuidado con perseguir sueños equivocados, porque puedes alcanzarlos. Conociendo los poderes legendarios de los Reyes Magos y teniendo el consejo de Aronofsky presente: ¿Qué podemos pedir a los sabios de Oriente? Sin duda, muchas “cosas”, y algunas de ellas no caben en una caja: deseos, ilusiones, proyectos...

Irene Vázquez Romero escribió en el Adviento de 2012 una carta a los Reyes Magos en la que pedía algo enorme. Sin duda, lo más valioso que podemos lograr cada uno de nosotros: una vida transfigurada. Podríamos decir: una vida nueva si eso no significara, casi automáticamente, un rechazo a la vieja. No es eso. Una vida transfigurada es una vida en la que todo, TODO, adquiere ya pleno sentido y por lo tanto es rescatado, salvado. Lo pasado, lo presente y lo futuro; esta vida y la otra; lo material y lo espiritual; lo dulce y lo amargo; lo lejano y lo próximo; el extraño y el prójimo.

Una vida transfigurada es la aventura que estrena Frank Galvin (Paul Newman) en Veredicto final (Sidney Lumet, 1982) cuando pronuncia, por vez primera con temor y temblor: «Soy su abogado». Una vida transfigurada es lo que logra en sí misma y en los otros la pequeña Momo con su forma de escuchar. Una vida transfigurada es lo que eclosiona en Helen Keller cuando recibe el regalo del lenguaje. Una vida transfigurada es la que relata el piloto cuando renuncia a sus seguridades vitales para acompañar al principito hacia una fuente cuya agua «es buena para el alma». Una vida transfigurada, en su sentido más radical, es la que nos propone el Rey del Universo al nacer en un pesebre en la escondida ciudad de Belén. Como los Reyes Magos intuyeron esa grandeza y se dejaron transfigurar por ella, pueden mediar para nosotros. Podemos pedírsela. Se la pidió Irene y creo que le fue concedida.

Lograr una vida transfigurada comienza por la mirada y la escucha y exige educar nuestra imaginación. Cuando sabemos mirar, escuchar e imaginar, todo, TODO, es una fiesta. Por eso, junto con los testimonios de Lumet, Ende, Keller, Saint-Exupéry y Jesucristo, rescato ahora la Carta a los Reyes Magos de Irene y, ahorrándome la torpeza de glosar su hondura, la comparto de nuevo contigo.

Me pido…

Me pido una hora de tiempo que no transcurra,
Estar a nanomilímetros del punto más lejano
una vista que atrape el cosmos y lo menos.
Me pido tener siempre sed y hambre,
memoria celular
y por pedir, me pido no recordar los baales
jamás.
Que no me importe morir sino estar viva.
Reconocer lo nuevo, y que el volumen o la masa
me hagan plim.
Ser sólida y gaseosa y líquida
engullida, respirada y bebida
me pido.
No irme, sino volver
estar hoy con los luegos y preguntarle a Leonardo por sus sueños polifásicos.
Me pido el rocío y el romero
quiero el exceso en todo
y todo bueno.
Me pido esa hora infinita, la del principio
para hacerme el pleistoceno y el renacimiento
y andarme la distancia entera
todos los ventrículos de una sola diástole
el río de agua viva
la ciudad sin noche.
Me pido que me lleve a mí al desierto,
y todos
seducidos de sagrario
destilar mirra sin tener que pudrirnos.
Me pido no querer pedir nada a los Reyes
por estar ya vengada
y habitada.

Irene Vázquez Romero
20 de diciembre de 2012

Lo mismo pido a los Reyes Magos para nosotros en este 2014. Quien quiera recibir este regalo debe además encontrar qué va a hacer él para saber aceptarlo. Nada de lo que hagamos será suficiente, pero todo lo que podemos hacer es necesario.

2 comentarios:

  1. Me pido la primera mañana y la última y no tener miedo al entretanto. Me pido lo eterno en cada segundero. Me pido ser paz en lo más profundo y la calma del que sabe que Todo es Nada o poca cosa cuanto menos. Me pido quedarme huérfana ante la muerte del amigo y crecer 3 metros sobre el suelo. Me pido estar de Fiesta en el duelo y de duelo mientras miro al hielo. Me pido abrazar todo y quedarme, incluso, con lo bueno, para llegar saltarina al examen del amor, ese que habrá luego. Me pido plagiar a los amigos vengados y habitados y que me hagan desde allí un guiño fraterno.

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