domingo, 1 de diciembre de 2013

Menos divagación y más especulación

Es un honor tenerle entre mis antiguos alumnos de BBAA en la UFV.
Es clásica la distinción entre pensamiento especulativo y pensamiento práctico. Ambas expresiones tienen origen latino. Especular viene de especulor (observar, investigar, escudriñar) y de ahí se deriva specullum (espejo). El pensamiento especulativo pretende comprender las cosas en sí mismas y exige una ascesis o renuncia (al menos, momentánea) no sólo de nuestros intereses particulares, sino también de nuestras formas de pensar habituales (nuestros "esquemas mentales"). Por esto dicen los clásicos que pensar es difícil. El pensamiento especulativo puede identificarse con la contemplación y es lo que los griegos llamaron teoría, no el sentido de un discurso acerca de las cosas, sino como una callada atención a la escucha de lo real. Es decir: como la forma de amor más humilde y, al tiempo, la más básica, sin la cuál no seremos capaces de hacer justicia a aquello que decimos amar.

Me arriesgo a decir, aunque esto resulte más polémico a oídos poco avisados, que lo que hoy llamamos pensamiento creativo es, también, pura especulación. Y eso explica por qué las personas prácticas acusan a los creativos de que su forma de pensar es una pérdida de tiempo. Y explica también la perversión del término: llamamos especuladores a los que juegan mentalmente con algo que ("todavía" o "en principio") no es real.

El pensamiento especulativo, en todas las formas que mencioné anteriormente, se opone al pensamiento práctico. Mientras el segundo se orienta al discernimiento de los fines (objetivos, metas) y a la elección de los medios necesarios para alcanzarlos, el pensamiento especulativo nos obliga a aparcar temporalmente la acción para buscar (sin seguridad de éxito) nuevas y más ricas formas de comprender la realidad.

Muchas veces vemos a personas que piensan sólo por pensar o, por mejor decir, piensan por no vivir. De ellos decimos que “se pierden en especulaciones”, pero sería más preciso decir que se pierden y desgastan en divagaciones, que no es lo mismo. De hecho, si para algo sirve el sano especular (en su función de espejo de lo real y, también, de espejo de nosotros mismos) es para volver a encontrarnos después de habernos perdido.

Los grandes pensadores se han encargado de subrayar con nitidez que el pensamiento especulativo se opone al pensamiento práctico. Lo hacen por una cuestión a un tiempo metodológica y ética: si estoy preocupado por mis intereses, mi mirada y mi interés pre-determinarán lo que seré capaz de ver. Sin embargo, esos mismos grandes pensadores insisten con humor en que no hay nada más práctico que una buena teoría (Chesterton); o que la teoría es la forma más elevada de práctica (Aristóteles). Lo dicen por muchas razones, pero ésta es la que quiero subrayar hoy: no es posible una acción mejor sin un pensamiento mejor. No es posible superar un nuevo problema sin una nueva mirada. No es posible una práctica inspiradora, creativa y motivadora sin una renovación constante de nuestra comprensión.

En estos tiempos nos sobran pensadores prácticos y acciones contundentes. También nos sobran divagadores. Sin la especulación, sin la teoría, sin esa comprensión amorosa de lo concreto, es fácil que nuestra acción, aun la mejor intencionada, se convierta en otra forma más de violencia. Seguramente esta falta de comprensión atenta a lo real, más que otra cosas, explica el enorme divorcio que separa hoy a gobernantes y gobernados. Nos faltan, y los necesitamos con urgencia, grandes especuladores que descubran, comprendan y nos hagan comprender alternativas a los problemas de un sistema que, desde hace ya varios años, ha dejado de funcionarnos.



Esta nota pertenece a la serie #CrearEnUnoMismo y su primera versión, ahora reformulada, apareció originalmente en LaSemana.es.

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