lunes, 12 de agosto de 2013

La responsabilidad exige creatividad; y viceversa

Sebastião Salgado, Discusión entre mineros y policía militar, Brasil, 1986. ¿Un fotógrafo creativo o responsable?
En algún lugar del camino hemos perdido el sentido original de esta hermosa palabra: responsabilidad. Es mencionarla y cae sobre nosotros un peso de sombra, tristeza, carga, ataduras, aburrimiento y muerte. Como si la responsabilidad nos quitara la vida, como si ser responsables implicara matar nuestros sueños, renunciar a la creatividad y la libertad. Ocurre a la inversa con el concepto de creatividad. Esa palabra talismán de nuestro tiempo parece sinónimo de ruptura, de independencia, de diversión, de no preocuparse por las consecuencias... hasta el punto de que parece un campo reservado para unos pocos con mucho genio y poco sentido de la responsabilidad. Ambas concepciones no sólo son insuficientes, sino que impiden la comprensión y el desarrollo auténtico ellas en nosotros.

Empecemos por la responsabilidad. Parece que sólo han sobrevivido dos significados para esta palabra (los dos más utilizados por el pensamiento moderno): el primero, responsabilidad como deuda o culpa que debe ser satisfecha; el segundo, responsabilidad como cumplimiento estricto y preciso de una ley, norma o procedimiento. Ambos sentidos tienen que ver con la responsabilidad pero, aun bien entendidos, son sólo el aspecto más superficial de la misma y pueden esconder, en el fondo, una irresponsabilidad radical que ahoga lo más propiamente humano. Entroncar la cuestión de la responsabilidad en lo específicamente humano exige reconocer en el hombre la capacidad de responder desde sí mismo, originalmente y del mejor modo posible a los retos que en cada instante le plantea la vida.

Una persona puede cumplir exquisitamente un reglamento, una ley, un procedimiento y ser, precisamente por eso, muy irresponsable. Porque el reglamento ha sido creado para la generalidad, pero el hombre concreto se enfrenta en cada instante al caso particular. Cualquiera de los que hemos llamado a un servicio de atención al cliente, o hemos acudido a las ventanillas de determinados organismos, tenemos experiencia de encontrarnos a personas incapaces de responder a nada que no venga en el manual de instrucciones. Cumplir el reglamento no sólo les impide ser responsables, sino que les proporciona la coartada para ser irresponsables: «no me toca».

En el ejemplo anterior hemos dado por supuesto que la norma o el reglamento es, al margen de otras consideraciones, aceptable. Insuficiente para dar cuenta de la complejidad de lo humano, pero aceptable en sus contenidos. ¿Qué pasa cuando, además, la norma resulta, en sí misma, claramente injusta o inhumana? ¿Debemos cumplirla? No necesito mentar nuestra historia reciente para que sobreabunden los casos.

La responsabilidad, en su sentido original, supone algo mucho más profundo. Es una característica propiamente humana precisamente porque exige creatividad y libertad sin límites preconcebidos, porque es capaz de unir a las personas (la responsabilidad es siempre co-responsabilidad) en la construcción de sueños, proyectos y valor a largo plazo. La responsabilidad es asumir un reto valioso como propio y empeñar todas nuestras capacidades para lograrlo. Por eso, la responsabilidad, antes que un deber (auto)impuesto, es el amor por un proyecto compartido, y antes que plegarse a un conjunto de normas, exige la creatividad y originalidad que sólo nosotros podemos aportar, en cada instante, para alcanzar ese proyecto soñado. Por último, ese proyecto ha de responder también al afán de bien y justicia de todo proyecto humano. En ese sentido la responsabilidad tiene que ver con las normas, pero sólo en cuanto que las normas cauce para un fin justo y bueno.

Hablemos ahora de la creatividad. Tener una idea nueva no es aún ser creativo.La idea debe transformarse en acción compartida, y la novedad ha de aportar algo valioso -material o inmaterial, pero en todo caso efectivo- que no estaba presente antes. Ser creativo es asumir responsablemente las posibilidades que nos ofrece el entorno para generar algo nuevo que aporta valor -a mí y a otros-. En ese sentido, conviene leer el artículo de José Antonio Marina "El aprendizaje de la creatividad", en el que desarrolla muy bien el concepto y nos recuerda que urge formar esta competencia ya desde la infancia. Un planteamiento similar, desde otro ángulo, es el que nos plantea el profesor López Quintás invitándonos a desarrollar la creatividad en la vida cotidiana. Ambos autores insisten en que la creatividad no es algo propio de artistas, sino de toda acción humana estrictamente personal, que no se limita a plagiar o replicar acríticamente comportamientos previamente aprendidos.

En ese sentido original, responsabilidad y creatividad van de la mano. Es verdad que una y otra exigen ingredientes y procesos distintos -y de eso habrá que ocuparse más adelante-. Por ahora, es suficiente vencer esos esquemas limitantes que lastran ambos conceptos y, por lo tanto, nuestras posibilidades de desarrollo.  Si queremos ser auténtica y libremente responsables, debemos ser creativos. Si queremos desarrollar una creatividad real y efectiva, debemos ser responsables.

¿Has vivido alguna situación en la que esta desconexión entre creatividad y responsabilidad haya resultado dramática?

[Este artículo forma parte de la serie #CrearEnUnoMismo y supone una revisión del publicado originalmente en LaSemana.es]

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