lunes, 27 de mayo de 2013

Decálogo: ¿Cómo evalúan los mejores profesores?

El club de los emperadores, una película para reflexionar sobre el valor del (auto)examen
Llegan los exámenes finales y aparece en mente de profesores y alumnos el fantasma de la evaluación. Ese momento es especialmente doloroso cuando un alumno se estrella sistemáticamente en una asignatura. El profesor dice: ¡“Estudia!” o “¡Practica!”. El alumno responde: “Eso hago”. Pero el suspenso aparece de nuevo. ¿Qué ha pasado? ¿Es incapacidad del alumno? ¿Del profesor?

Se atribuye a Albert Einstein la afirmación: “Si siempre haces lo mismo, no esperes resultados diferentes”. Casi siempre, profesor y alumno cambian algo: el nivel de esfuerzo, de detalle, de horas invertidas… pero todas esas cosas son casi-casi hacer lo mismo, aunque varíe su intensidad. Quizá el problema no esté en las horas o el esfuerzo, sino en el método.

Esta entrada continúa el análisis del libro de Ken Bain Lo que hacen los mejores profesores universitarios. Hoy nos preguntamos: ¿Cómo evalúan los mejores profesores?:

  1. Buscan siempre una mayor congruencia entre los objetivos de aprendizaje y las pruebas que recogerán para evidenciar ese aprendizaje (exámenes, trabajos, etc.). Explican a los alumnos esa  relación entre objetivos y evaluación al  principio de sus clases.
  2. Consideran que evaluar y calificar no son actos menores al final del proceso educativo, sino herramientas poderosas para el aprendizaje. Creen que sin ellas no podemos comprender ni el progreso del aprendizaje ni la eficacia docente.
  3. Utilizan los exámenes y las calificaciones, presentes durante todo el curso, para descubrir y comprender las fases y el progreso del aprendizaje en su área de conocimiento.
  4. Evalúan y comparten la evaluación de cada actividad inmediatamente después de ocurrida, para que la experiencia esté lo más presente y completa posible en la memoria de profesores y alumnos.
  5. Piden a los estudiantes que evalúen su propio aprendizaje a partir de las evidencias que ellos mismos son capaces de encontrar.
  6. Comparten con sus estudiantes la información que recogen en cada evaluación como una forma de explicarles su propio progreso, la fase en la que se encuentran y la calificación que pueden esperar en cada caso según la calidad del aprendizaje.
  7. Califican a sus estudiantes con el objetivo de que estos aprendan algo de sí mismos.
  8. Suelen hacer evaluaciones acumulativas y globales, de forma que tiene más peso en la nota final lo que ocurre al final del proceso, mientras que lo que ocurre en medio tiene un carácter más experimental y formativo que calificativo.
  9. Evalúan el aprendizaje del alumno de forma que les permita revisar y mejorar su propia práctica docente.
  10. Evalúan y rediseñan su práctica docente en función de los resultados de aprendizaje obtenidos por sus alumnos.
Me consta que hay quien ve en estas prácticas (y, en general, en el libro de Ken Bain) mucho de pedagogía moderna y poco de auténtica formación liberal. Sin embargo, yo no paro de encontrar ecos clásicos. Dice Aristóteles que “el fin es lo más importante en todo”, y la evaluación responde a la necesidad de preguntarse por el cumplimiento de los fines educativos. Gracias a este enfoque en la evaluación -y sin necesidad de grandes estudios sobre psicología del aprendizaje- es como los profesores descubren las claves sobre cómo aprendemos.

Sócrates sostenía que “una vida sin examen no merece la pena ser vivida”, y así entienden su vocación los mejores: evalúan sus resultados como profesores para hacer cambios en su docencia; y no culpan del fracaso a sus estudiantes, sino a sí mismos. En cierto modo, asumen que las notas que obtienen sus estudiantes son también las notas que han obtenido ellos mismos. En esa actitud reside lo que los clásicos siempre han llamado la búsqueda personal de la excelencia.

Cuando los alumnos descubren que el primero en examinarse es su profesor, y que eso es lo que le permite mejorarse a sí mismo, encuentran un testimonio importante para enfrentarse a sus calificaciones con una actitud renovadora, como parte esencial de su propia búsqueda de excelencia: tratar de ser, cada día, el mejor que pueden llegar a ser. Compartiré alguna experiencia personal gratificante en próximas entradas, pero mientras: profesor… o estudiante… ¿Qué experiencias de evaluación recuerdas como las más formativas?

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