jueves, 7 de marzo de 2013

Características del acompañamiento universitario según la idea de universidad de Benedicto XVI

George Ratzinger visita a su hermano Benedicto XVI en su 85 cumpleaños.
«La idea de universidad de Benedicto XVI es fecunda porque bebe de la fuente originaria de la que mana todo lo original: la realidad a la que esa idea remite. Queremos reflexionar en esta comunicación sobre algunos conceptos y propuestas de Benedicto XVI, desgranados en diferentes intervenciones públicas, de los que se desprenden formas de acompañamiento y características del “maestro universitario” de una universidad católica: “razón ampliada”, “caridad intelectual”, “inteligencia de la fe”, lectura de la “Palabra” y de “las palabras” en comunidades creativas y proféticas. De estos conceptos se desprende un modo muy concreto de profesor, de comunidad docente y universitaria, de formas de relación creativa y apostólica con los alumnos».

Ese fue el abstract de la comunicación que presenté en el Congreso Mundial de Universidades Católicas (WCCU) celebrado en Ávila en agosto de 2011. Aquel encuentro con universitarios de más de 20 países, y de los cinco continentes, fue para mí una prolongación de la reflexión ya iniciada en las II Conversaciones Universitarias organizadas por la Universidad Francisco de Vitoria el 3 de marzo de 2011 bajo el lema: Ratzinger – Benedicto XVI / The Idea of a University.

La renuncia y despedida de Benedicto XVI a su cátedra actualiza estas reflexiones. Al volver a su magisterio sobre el magisterio (valga la redundancia) pretendo penetrar un poco más en el misterio de su vida. Comparto estas reflexiones contigo por si también quieres rehacer ese camino. Puedes descargarte la comunicación en pdf pulsando en este enlace. El resto de esta entrada reproduce también el contenido íntegro de la comunicación.

1. Una “idea” renovada de universidad

«El conocimiento no es una actividad más del sujeto humano, sino la forma misma de su relación con la realidad» (Di Martino, 2010, p. 9). Sólo porque tratamos con la realidad, elaboramos nuestros conocimientos y formulamos ideas. Sólo porque nuestra experiencia de la realidad es, a un tiempo, conocimiento de la misma, podemos decir que las experiencias iluminan nuestra vida y nos descubren su sentido.

Solemos llamar “idea” a una reflexión que tenemos en la cabeza, a nuestras conclusiones personales, a nuestra visión de las cosas. Asumimos también que nuestras ideas son algo que, mejor o peor, podemos comunicar, formular en un lenguaje más o menos universal y potencialmente compartible con todos los hombres. Pero olvidamos, a menudo, que el origen de la idea es anterior a todo esto. La idea es siempre fruto de un acontecimiento irrepetible e irreductible: el encuentro personal de un hombre concreto con una determinada realidad.

Nuestras ideas son fruto de una experiencia, y esa experiencia, como tal, es incomunicable. Lo que podemos comunicar de ella, para ser más que un mero discurso, ha de participar, por cierta asociación o analogía, de una experiencia similar en aquel a quien se la comunicamos. Cuando varios observamos una misma realidad (o realidades análogas) y compartimos nuestras experiencias, esa primera idea que tuvimos queda enriquecida, matizada, confirmada, refutada, purificada, profundizada… y objetivada en diversas formas de expresión. Esas formas de expresión encierran una constelación de valor y sentido de la que participan quienes dialogan en comunidad. Ese es el origen de lo que llamamos cultura, y legamos de una generación a otra en forma de tradición.

Podemos tener muchas experiencias y no haber descubierto su sentido. Podemos sabernos libros de memoria y haber desarrollado un pensamiento lógico muy riguroso sin haber comprendido apenas nada sobre la realidad de la que hablamos. Los testimonios humildes y sinceros de grandes intelectuales y artistas en uno y otro sentido son abundantes. Ambas limitaciones, tan humanas, son consecuencia de un conocimiento defectuoso y escindido, de una herida en el corazón del propio hombre, pero también de una epistemología fragmentada que hemos heredado de los últimos siglos. El auténtico conocimiento y la auténtica experiencia vinculan pensamiento y vida, acción y comprensión. Conviene volver a decir, con los clásicos, que la teoría y la contemplación son la forma más elevada de práctica; y que la obra humana realmente humanizadora es fruto de la acción contemplativa.

La idea de universidad de Benedicto XVI es fecunda porque bebe de la fuente originaria de la que mana todo lo original: la realidad a la que esa idea remite. La realidad de la universidad alemana que él conoció como discípulo apasionado y como maestro comprometido. La realidad de la institución universitaria, que nace “del corazón de la Iglesia” (Ex corde ecclesiae, 1) y cuya experiencia vital casi milenaria podemos re-vivir gracias a la lectura, el testimonio y las obras de innumerables maestros y discípulos que participaron creativamente en la construcción y el desarrollo de esta institución al encarnar ejemplarmente su misión. Sirva el retrato que nos ofrece Pieper (2005) de Santo Tomás de Aquino como patrón de los universitarios. La misma tradición intelectual que reflexiona sobre la universidad, es también fruto de una experiencia vital transformadora de la propia vida de quienes han tematizado su experiencia y vocación.

Es la realidad, y un amor humilde y respetuoso por la misma, la que provoca una reflexión desinteresada respecto del interés propio y apasionada por el acontecimiento original que esa realidad nos descubre. La documentación que apunta en esta dirección es abundante. Benedicto XVI es un ejemplo vivo de gran universitario, como descubrimos por sus propios testimonios desperdigados en diversas entrevistas y discursos y por los trabajos que, sobre su modo de entender el magisterio de la inteligencia, ya se han publicado. Véase, como ejemplo sintético y hondo, el artículo sobre La caridad intelectual en J. Ratzinger (Villagrasa, 2007).

Precisamente por partir de este conocimiento amoroso y entregado, la idea de universidad de Benedicto XVI trasciende el planteamiento moderno de una universidad como islote de “investigación pura” o de una mera “transmisión de contenidos”. La reflexión que Benedicto XVI nos revela apunta a una experiencia universitaria integral, a un ámbito de convivencia comunitaria donde razón y vida, conocimiento y sentido, ciencia y fe, han de estar integrados en la investigación, la docencia y el acompañamiento.

Cabe leer en las palabras de Benedicto XVI una propuesta de renovación de la institución universitaria. Una propuesta sensata, porque sus ideas comprenden desde dentro, desde una experiencia personalísima y rica, qué es y qué sentido tiene la universidad. Como toda auténtica renovación, nace de un amor profundo por el ser de lo que se quiere renovar, y se orienta a rescatar los orígenes y profundizar en la identidad original (originaria, fontanal) de lo renovado. Podemos repasar esta pretensión en casi toda su producción, pero queremos recordar ahora sus palabras al mundo de la Cultura en Ratisbona (2006) y en París (2008b), y en el discurso no pronunciado destinado a ser leído en La Sapienza de Roma (2008a).

Su propuesta de renovación nace del amor a los hombres de nuestro tiempo y de la necesidad de ofrecer respuestas luminosas a los retos y dificultades del presente. Es el compromiso con el presente el que inspira esta renovación. Es el análisis exhaustivo de los retos actuales el que le lleva a plantearla. Es su mirada al futuro la que convierte sus reflexiones en programáticas. No se salta ningún periodo histórico y asume como notable el desarrollo de las ciencias y saberes de los últimos siglos. Es en nombre del presente y del futuro por lo que nos invita a mirar al pasado, a rescatar los tesoros de nuestra tradición con la convicción de que en la Palabra, y en las palabras de los grandes, encontraremos la inspiración que nos proporcionará las mejores respuestas.

2. Algunos retos

Creemos que los conceptos innovadores que plantea Benedicto XVI en su reflexión sobre la universidad encuentran especial significación en las claves que hemos presentado: su propia experiencia universitaria y su labor de magisterio. Tareas, por otro lado, análogas en muchos aspectos. En ambos casos, concilia la tradición más rica con la reflexión actual más autorizada; la razón de su fe con el saber natural; la fidelidad a su conciencia con la sana pluralidad; la firmeza de los principios generales con la aplicación delicada. Todo esto puede leerse en diversos conceptos y propuestas que, con prudencia y diálogo, ha desarrollado paso a paso en los últimos años. Queremos repasar algunos de ellos.

2.1. Ampliar los horizontes de la razón: el misterio

«Este intento de crítica de la razón moderna desde su interior, expuesto sólo a grandes rasgos, no comporta de manera alguna la opinión de que hay que regresar al período anterior a la Ilustración […] todos nos sentimos agradecidos por las maravillosas posibilidades que ha abierto al hombre y por los progresos que se han logrado en la humanidad» (Benedicto XVI, 2008b, §15).

Si el papa habla de ampliar los horizontes de la razón, y no de volver a la razón griega, lo hace porque respeta el desarrollo de una forma de racionalidad moderna que es legítima, pero insuficiente para los retos que hoy debemos afrontar. No pretende ni abandonar ni olvidar esa racionalidad, sino que busca, desde dentro, ampliarla, porque, como apunta en ese mismo discurso, ella se ha reducido y limitado a sí misma.

Si dedica buena parte del discurso en Ratisbona a repasar el logos griego, lo hace porque encuentra en «la tradición sapiencial de las culturas» (Morandé, 2009) inspiración y claves para ensanchar esos horizontes. Buena parte de su magisterio consiste, precisamente, en invitar a los hombres a participar en el diálogo creativo con las fuentes de nuestra tradición, un diálogo que amplíe la comprensión que tenemos sobre nosotros mismos, sobre los retos a los que debemos enfrentarnos y sobre lo que Dios espera de nosotros hoy. En Ratisbona, propone ensanchar esos horizontes de la razón moderna en diálogo con la cultura sapiencial clásica y con una Teología que, «como ciencia, se interroga sobre la razón de la fe». En Caritas in veritate, habla de la necesidad de ampliar esa razón de la mano de la valoración moral (nº 31); y en las audiencias generales del 2 y el 16 de junio de 2010 presenta a santo Tomás de Aquino como modelo de diálogo entre razón y fe.

El reto de ampliar los horizontes de la razón presupone la aceptación de un logos que acepta ser tratado problemáticamente (tal y como hacen la ciencia y la razón moderna), pero que sólo puede comprenderse desde la categoría filosófica del misterio (Ratzinger, 2005, p. 70). Enfrentarnos problemáticamente a la realidad significa identificar y aislar datos, variables, modelos formales, etc., para poder operar con ellos, y nos confiere un dominio sobre la realidad material del que da buena cuenta el desarrollo del mundo en los últimos siglos. Pero al enfrentarnos problemáticamente a la realidad dejamos fuera de nuestro análisis las preguntas fundamentales sobre el hombre y sobre el sentido de su existencia. Dejamos fuera lo invisible y lo esencial.

La categoría de misterio pone de relieve que el logos (el orden y sentido) de la realidad contiene una inteligibilidad de la que participamos, pero que nos supera infinitamente. Una inteligibilidad que nos interpela y compromete nuestra vida. Formamos parte de ese misterio, pues el hombre (y su vocación) es un misterio para sí mismo. El ámbito supra-racional del misterio es el campo de juego que permite a Benedicto XVI fundar el diálogo riguroso y comprometido entre creyentes y no creyentes (atrio de los gentiles), pues en ese ámbito, ni unos ni otros pueden escapar a una duda sobre esa creencia íntima que es anterior a cualquier conocimiento, pero que orienta toda nuestra existencia. Una creencia que es indemostrable, pero que es presupuesto y suelo de toda reflexión posterior. De ahí su propuesta repetida numerosas veces de que, tras haber pensado “como si Dios no existiera”, toca pensar “como si Dios existiera”, de forma que veamos juntos cuál de las dos respuestas satisface más a la totalidad de lo humano (inteligencia, deseo, corporeidad, religiosidad, etc.)

En el ámbito de lo problemático, la verdad tiene que ver con encontrar soluciones que resuelven problemas y mejoran la vida. En el ámbito del misterio, la verdad tiene que ver con la respuesta personal y comprometida que damos a las preguntas últimas, lo que exige aceptar testimonios de vida, integrarlos en una respuesta personal, permanecer en ella y ganar así comprensión sobre nuestra propia vida a la luz de esa respuesta. En el ámbito del misterio no cabe una verificación de lo exterior a mí, sino una comprensión en mí y en los otros (y de mí y de los otros) al vivir una respuesta.

Docencia, investigación y acompañamiento en el seno de una universidad católica han de atender, por lo tanto, con rigor científico, a la dimensión problemática de la realidad, pero tienen también la responsabilidad de desbordar la racionalidad científica en orden a una comprensión de la ciencia, de la profesión y de la propia vida a la luz del misterio. Quien penetra en el misterio no domina nada, pero, al permanecer en él, empieza a comprender.


2.2. Caridad intelectual: unido a todos los hombres

Todos esos contextos y ejemplos apuntan ya a uno de sus conceptos más originales: el de caridad intelectual. Cuando Benedicto XVI acuña esta expresión sabe bien de lo que habla, porque así ha tratado de vivir. Aunque la expresión es suya, la actitud no la ha inventado él. La aprendió en sus maestros universitarios en Alemania, y de otros lejanos que conoce bien, como Santo Tomás de Aquino y San Agustín. En éste último se inspira para escoger la imagen del oso con la carga al lomo en su escudo episcopal, para significar la carga que ser maestro y pastor le supone a quien desearía permanecer en la búsqueda de Dios, pero decide asumir con alegría el reto de abrir su corazón a todos los hombres, encontrándose así aún más con Dios, al asumir Su voluntad en su propia vida.

Los griegos, a su modo, ya vincularon amor y saber, aunque la palabra filósofo ha perdido buena parte de su sentido original en manos de una tradición que desapasionó la inteligencia. La originalidad primera del concepto de caridad intelectual radica en la originalidad que el propio concepto de caridad incorpora. Mientras que el amor al saber griego acentúa el carácter liberador del propio sabio (y el llevar la sabiduría a los otros supone cierta esclavitud), la caridad intelectual se configura como servicio, y es ese servicio a la comunidad lo que resulta definitivamente liberador.

Cuando valoramos los contextos en que aparece esta idea y contemplamos cómo ha querido él encarnarla, descubrimos que la caridad intelectual no es tanto la caridad hecha con inteligencia, sino más bien el ejercicio caritativo de la inteligencia a la escucha de Dios y al servicio de los hombres. Nos parece que el sustantivo es caridad (y no inteligencia) porque nos propone la caridad como una virtud (fortaleza) de la inteligencia. Esta es la segunda originalidad que descubrimos en su expresión.

Es habitual oír hablar de la inteligencia de Benedicto XVI. No es tan habitual reconocer que los frutos de esa inteligencia deben mucho a que es una inteligencia amante. La combinación de profundidad y sencillez, de conciliación y rigor, de precisión y apertura al misterio; el reconocer valor en las ideas de rivales intelectuales; su apertura al diálogo con el distinto; su forzarse a no escribir o decir nada que no sea de provecho o trate de abrazar a todos los hombres… manifiestan, más que una inteligencia preclara, una inteligencia amante de toda verdad y de todos los hombres.

Si el límite del mal es la fuerza indestructible del amor, el límite del error es la fuerza de la caridad intelectual. La caridad intelectual vence el error de que las ideas estén por encima de las personas; vence el error de una inteligencia que atenta contra el hombre concreto y contra la humanidad; vence el error de una inteligencia soberbia que afirma lo que no puede afirmar, o que niega lo que no puede negar. La caridad intelectual purga del error a todas las formas reductivas de la razón, que no está tanto en lo que afirman, como en lo que desprecian. La caridad intelectual supera el error de fragmentar el saber y disipar el amor a la realidad en virtud del dominio sobre la realidad. Una inteligencia amante es necesariamente una inteligencia moral, y es una inteligencia abierta y dispuesta a abrazar las razones últimas. El modo natural en que Benedicto XVI amplía los horizontes de su razón es, en buena medida, el de fortalecer su inteligencia con la fuerza del amor.

La caridad intelectual, por lo tanto, ha de ser uno de los rasgos característicos del profesor en una universidad católica. Eso exige al profesor una revisión sobre el objeto y los motivos de su investigación, sobre las formas y el sentido de su docencia, y sobre el valor del acompañamiento y la convivencia con los colegas y los alumnos. Esta convivencia no sólo puede inspirar el sentido y el modo de investigar y dar clases, sino que ensancha el corazón y fortalece la labor investigadora y docente, como ocurre siempre que vemos encarnado en varios rostros el sentido de nuestra vocación. Ciertamente, sería absurdo plantear un modelo estándar de reparto de funciones al margen de la vocación personal de cada uno, y cada persona en cada momento vital encierra su propio equilibrio. Pero sin una de estas tres dimensiones (investigación, docencia, acompañamiento) las otras corren el riesgo de secarse o devenir estériles, de caer en el intelectualismo, la autocomplacencia o el buenismo.

3. Un método


3.1. Pasar de lo secundario a lo esencial

«Quisiera hablaros esta tarde del origen de la teología occidental y de las raíces de la cultura europea. He recordado al comienzo que el lugar donde nos encontramos es emblemático. Está ligado a la cultura monástica, porque aquí vivieron monjes jóvenes, para aprender a comprender más profundamente su llamada y vivir mejor su misión. ¿Es ésta una experiencia que representa todavía algo para nosotros, o nos encontramos sólo con un mundo ya pasado?» (Benedicto XVI, 2008b, §2).

El desarrollo de este discurso nos invita a pensar que, para Benedicto XVI, la actitud de aquellos monjes medievales tiene mucho que enseñarnos hoy. En primer lugar, sobre el modo en que la intelectualidad católica moderna se ha acostumbrado a plantear el reto de la presencia de la fe en el mundo: «Primeramente y como cosa importante hay que decir con gran realismo que no estaba en su intención crear una cultura y ni siquiera conservar una cultura del pasado». Lejos de parecernos un lamento sobre la pretensión de los monjes, se nos antoja como una advertencia sobre los riesgos de diseñar una cultura de laboratorio desde un lobby de propaganda.

En última instancia, la lógica del compartir la fe y la búsqueda del saber con el no creyente no es ampliar el club, sino confirmar existencialmente uno de los principios fundamentales de su propia fe: que la verdad a la que esa fe apunta es para todos los hombres pues, si no está llamada a iluminar a todos los hombres, no merece la pena. Lo que realmente pretendían aquellos monjes, en el estudio de la Palabra y de las palabras, era:

«quaerere Deum, buscar a Dios. En la confusión de un tiempo en que nada parecía quedar en pie, los monjes querían dedicarse a lo esencial: trabajar con tesón por dar con lo que vale y permanece siempre, encontrar la misma Vida. Buscaban a Dios. Querían pasar de lo secundario a lo esencial, a lo que es sólo y verdaderamente importante y fiable» (ibibem, §3).

A pesar de las dificultades y urgencias de un mundo que se desmorona, la preocupación fundamental de aquellos monjes era no ocuparse de lo secundario, sino de lo esencial. Y, para recordarnos el modo en que lo hicieron, Benedicto XVI rescata la obra de Jean Leclercq El amor a las letras y el deseo de Dios (2009). En esa obra, explica el papa, se revela cómo «escatología y gramática están estrechamente unidas». Son el deseo y la búsqueda de Dios los que inspiran el amor a las letras.

El amor a las letras de un monje benedictino no tiene que ver primeramente con el valor estético, ni con el gusto literario, ni con la erudición… tiene que ver con la salvación de su alma. Lo mismo cabe decir del resto de saberes y disciplinas científicas. «No actuar según la razón, no actuar con el logos, es contrario a la naturaleza de Dios», recordaba Benedicto XVI en Ratisbona. Dios también habla en la naturaleza, y con fervor franciscano cabe escuchar lo que en ella nos revela de sí mismo y de nosotros. El amor por las verdades naturales, por lo tanto, no queda atemperado por el amor a la Verdad Revelada. En rigor, para quien tiene vocación intelectual, el amor por la verdad natural debería cobrar, desde su fe, un carácter casi sagrado. «Eres un consagrado: debes querer lo que quiere la verdad» (Sertillanges, 1944), sostiene otro monje, en este caso dominico.

3.2. Un modo especial de leer la Palabra y las palabras en comunidad

La lectio propia de los monjes, el legere en general, tal y como se entendía desde la antigüedad hasta que en el Renacimiento empezó a extenderse la lectura silenciosa (Cavallo y Chartier, 2001), con frecuencia designa «una actividad que, como la escritura o el canto, ocupan totalmente al cuerpo y al espíritu» (Leclerq, 2009). El amor a las letras y el acto de leer, así entendidos, no son actividades meramente intelectuales. Son acciones que ocupan al hombre entero, en todas sus dimensiones, en las que el hombre está tan comprometido como su propia salvación, y son acciones llamadas a obrar en el lector y en el investigador una transformación interior.

Tampoco la lectura, así entendida, es una actividad solitaria. En sus orígenes, la palabra escrita es subsidiaria de la expresión oral. Es pronunciada en el papel desde alguien y para alguien. Gran parte de la palabra escrita, desde la Antigüedad hasta mucho después, es escrita para ser proclamada. Para ser hecha vida y actualizada en la comunidad, como una partitura espera pacientemente al músico que la ponga en acto y al público que la contemple y sea arrebatado por su sonido y su sentido. La lectura en voz alta no sólo vincula a la comunidad pasada con la presente (tradición y actualidad), sino a los miembros de la comunidad presente entre sí, que permanecen a la escucha y buscan comprensión, en animado diálogo, con la comunidad pasada. La palabra siempre «mira a la comunidad», «y hace que estemos atentos unos a otros» (Benedicto XVI, 2008b, §4). La palabra (o el saber natural), y la Palabra (la Revelación), exigen ser esclarecidas y vivificadas en el diálogo de la comunidad presente.

Hoy, esa comunidad presente está compuesta por (y abierta a) todos los buscadores, creyentes y no creyentes. De esta forma, el saber natural y la reflexión de la razón sobre los contenidos de la fe quedan legítimamente distinguidos, pero también vinculados en la verdad compartida y en el amor que inspira la búsqueda de creyentes y no creyentes. Un vínculo que supone cierta tensión no siempre fácil y armónica, pero vínculo en la verdad y el amor de esa comunidad humana que queda también unida, en tradición y filiación, con la comunidad pasada.

La metodología original universitaria es heredera de la escuela monacal, y ésta, de la lectio monástica. La lección magistral no es la aburrida repetición mecánica que hace un profesor de sus apuntes amarillentos por el paso de los años. La lección magistral supone la existencia de libros que merezcan que nos entreguemos a ellos, esos tesoros de los que los hombres del pasado suponían -sabían- que encerraban saberes que tenían que ver con sus vidas (Jiménez Lozano, 2008). Supone también una comunidad de maestros y de discípulos, quienes aprenden de sus maestros a enfrentarse a ese libro (a ese autor) con la actitud y la capacidad adecuada para que, efectivamente, leamos a los grandes con todo nuestro ser, de forma que su grandeza transforme nuestra vida interior, ilumine nuestro presente y nos proyecte hacia un futuro más allá de este tiempo (Abellán-García, 2012).

No se trata, por lo tanto, en la lectura ni en la lección magistral, de lograr una transferencia de contenidos -semejantes cosas escuchan con santa y silente paciencia muchos maestros universitarios en boca de algunos expertos-. Se trata de aprender a incorporar la grandeza de la tradición sapiencial y de la ciencia a nuestro corazón, para poder ver, juzgar y obrar desde esa grandeza. Y quedar unidos, en ese saber, a los hombres del pasado, del presente y del futuro. Por eso es universitario no sólo el leer y el dialogar, sino, también, el escribir, el enseñar y el servir a la sociedad desde una vivencia sapiencial de la propia profesión.

Atender a esta dimensión apunta también a la necesidad de una investigación colegiada e interdisciplinar, a una docencia donde la admiración por la Palabra y las palabras esté presente, y a un acompañamiento que reserve un especial protagonismo a la escucha, el silencio interior, el diálogo y los libros.

4. Conclusiones

Creemos que de la revisión teórica y vital propuesta hasta aquí se siguen una serie de propuestas para la reflexión profunda sobre el sentido de la universidad católica hoy, especialmente en el ámbito de la convivencia y el acompañamiento no sólo de los alumnos, sino de nuestros colegas de vocación.

En primer lugar, cabe comprender la universidad no sólo como lugar de investigación individual y transferencia de contenidos, sino como una comunidad viva en la que conviven maestros y discípulos en torno a diversas preguntas, disciplinas e inquietudes. La unidad no la marcan los medios ni los contenidos, sino los fines: la búsqueda de la verdad en la ciencia y en la profesión, la búsqueda de sentido de la propia vida y del destino de la humanidad.

Toca preguntarnos cómo asumir el reto que nos plantea Benedicto XVI de ensanchar los horizontes de la razón, lo que exige especial atención a la categoría filosófica del misterio y a la epistemología que se deriva de ello, así como la creación de comunidades de investigación interdisciplinares, con la presencia de teólogos; filósofos; e investigadores y profesionales de las ciencias particulares.

Nos preguntamos también si no es tarea del profesor católico tratar de encarnar la caridad intelectual. Dicha labor exige repensar la investigación, la docencia y el acompañamiento, contemplando ya los rostros de aquellos a cuyo servicio ponemos nuestra inteligencia. Tal vez esto implica que esos tres ámbitos tradicionalmente separados sean ahora vistos como vasos comunicantes, que se potencian y fecundan mutuamente y presuponen un fuerte sentido de la convivencia y la comunidad universitaria.

Por último, parece que debemos recuperar la fuente que fecundó originalmente la vida universitaria: la escucha comunitaria de la Palabra y de las palabras; el diálogo comprometido para comprendernos a nosotros mismos y nuestro tiempo a la luz de nuestra tradición. A la escucha de los libros y de El Libro cuyas voces revelan una inteligencia, una humanidad, una sabiduría que iluminan el sentido del tiempo y de la eternidad.

Referencias bibliográficas

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