sábado, 26 de enero de 2013

La vieja’l visillo: repensar la ciencia y promover un aprendizaje significativo


¿Qué idea de persona subyace en los contenidos y metodologías de mi asignatura? ¿Cuáles son los límites epistemológicos de lo que enseño? ¿Qué bien social aporta esta disciplina? ¿Qué relación tiene lo que enseño con el sentido último de mi propia vida? Éstas son algunas de las preguntas que afrontamos el pasado 23.01.2013 en un Taller sobre el Repensamiento de las disciplinas y las metodologías docentes en la Universidad Francisco de Vitoria. El planteamiento de aquel taller, que recoge un destilado del trabajo de muchos años, puede traducirse en algunos resultados muy prácticos e inmediatos (nuevas metodologías que formen y preparen mejor a nuestros alumnos), pero también apunta a consecuencias cuyo alcance apenas intuimos.

Empecé mi intervención pidiendo a los presentes (45 profesores y otras 15 personas: directores de carrera, decanos, el vicedecano de Profesorado e Investigación y el rector) que trataran de reconocerse en su labor investigadora y docente con la protagonista del vídeo que encabeza esta nota. El vídeo pretendía apoyar mi discurso cumpliendo dos objetivos: ilustrar qué entendemos por aprendizaje significativo y denunciar los tópicos que la ciencia moderna nos ha vendido como axiomas, desde los cuales es imposible afrontar la necesaria tarea de rehumanizar el saber. Voy a desarrollar en esta nota algunas claves que apunté en la exposición.

Repensar la ciencia y la divulgación

Debo reconocer que tenía ciertos reparos al pedir a mis colegas que trataran de identificarse con la protagonista del vídeo, dado el carácter casi sagrado con el que los que tenemos vocación docente e investigadora leemos nuestro quehacer. Sin embargo, conté con la benevolencia del público. Paso a transcribir los puntos que definen a la vieja’l visillo y recojo (entre paréntesis) su relectura amable en clave de investigación y docencia.

La vieja’l visillo es… (el investigador y docente es…) 
  • Una especie que se pierde en la noche de los tiempos (una vocación inscrita en lo más íntimo de la naturaleza humana)
  • Una auténtica licenciá: persona que disfruta escudriñando las intimidades de los demás pa enterarse de to lo vivo (persona que disfruta desentrañando los secretos del universo, del hombre, de Dios)
  • Se entera de todo a través de su ventana (cada disciplina científica es una ventana a la realidad, con un método riguroso que viene impuesto por el objeto material y formal de su disciplina)
  • No tiene suficiente con escuchar: los secretos le queman en la lengua. Necesita cascarlo (siente la necesidad de compartir lo descubierto con los otros hombres)
  • Aporta datos de su propia cosecha (lo descubierto al aplicar el método científico es completado con su experiencia y aprendizaje previos, no necesariamente en clave científica)
  • Incluye juicios de valor (a la hora de divulgar el conocimiento científico, rellena los huecos y se ve impelido a hacer interpretaciones que exceden su método… pero que necesita hacer, como ser humano que es, para dotar de sentido a lo investigado o, dicho de otro modo, para convertir el conocimiento en saber)
  • Tú no cuentes , que ya lo cuento yo (busca un reconocimiento legítimo de sus descubrimientos… y reconoce, citándolos –no por erudición, sino por respeto y sentido de la verdad- a las fuentes de las que él ha bebido)
  • Si el chisme no va a la ventana, la ventana va al chisme (es verdad que el método lo impone el objeto; pero también es verdad que el objeto lo escoge la persona).
Una primera razón por la que puse este vídeo era la de rebajar el grado de seriedad con el que los investigadores nos tomamos a nosotros mismos y a los dogmas de nuestro quehacer científico. Es verdad que una vida dedicada a la ciencia puede ser una vida consagrada, en el preciso sentido de una vida o vocación que nos salva y que salva a muchos otros. Pero también es verdad que hay modos y modos de consagrase a la búsqueda y difusión de la verdad. Y seguramente entre San Agustín y la vieja’l visillo hay toda una gama de grises en la que estemos la mayoría de los investigadores. Los mayores enemigos de la innovación son dos:
  • No cuestionar los dogmas de la propia disciplina y época
  • Tener miedo a fracasar en nuestros ensayos por mejorar
Cada uno de los puntos en los que la vieja’l visillo y el científico, divulgador o profesor coinciden, daría para reflexionar un rato largo. Hoy quiero detenerme sólo uno de esos puntos: Tal vez -sólo tal vez, aunque en otra ocasión podríamos entrar a discutir esto- sea cierto que en la aplicación del método el científico puede ser neutral y separar o distinguir netamente entre hechos y valores. Pero es indiscutible que antes de la aplicación del método (para discernir, por ejemplo, qué objeto voy a estudiar y desde qué perspectiva me interesa estudiarlo) y después de la aplicación del método (que exige interpretar y dar sentido a los resultados de investigación), el científico pone en juego quién es, cuáles son sus intereses y motivaciones, cuál es su visión del mundo y del hombre, cuál su modo de entender las posibilidades y límites de lo que estudia, etc.

La actividad científica, por lo tanto, no puede ser considerada inocente o neutra, sino que está fuertemente condicionada por la cosmovisión, por el sistema de ideas y creencias acerca del mundo, del hombre, de la sociedad, etc. del científico. Cualquier científico comprometido con lo que hace, por lo tanto, no puede separar, en dos cajones distintos, sus opiniones sobre el hombre y su saber científico, sino que deberá procurar que su saber sobre el hombre sea lo suficientemente riguroso como para no hacer una ciencia inhumana o deshumanizada; ni una divulgación científica (tanto docente como en publicaciones) que, bajo el prestigio de su ciencia, extrapole conclusiones injustificadas de índole filosófica o hasta teológica (lo que Ortega y Gasset llamó ya en su época la barbarie del especialista, que juzga toda la realidad desde la mirada estrecha de su método).

Si la hiperespecialización ha tenido notables ventajas en el desarrollo científico-técnico, uno de sus inconvenientes, no poco graves, es el de la dificultad para obrar una síntesis de saberes que supere la fragmentación de la mentalidad analítica. Cuando el científico ignora al filósofo o al sociólogo corre el riesgo de deshumanizar radicalmente su vocación.

Una de las conclusiones en nuestros talleres sobre repensamiento, por lo tanto, ha sido la necesidad de generar grupos de investigación interdisciplinares y la de fomentar e intensificar el diálogo entre investigadores de disciplinas particulares con filósofos y teólogos.

El aprendizaje significativo 

Como ocurre con todo el saber actual –esa es su grandeza y su miseria- la reflexión sobre qué es “aprendizaje significativo” se ha extendido y desarrollado tanto que quien quiera comprenderlo tendrá la sensación de que necesita cursar un máster. La entrada que Wikipedia dedica a ese concepto seguramente tenga ese efecto sobre nosotros.

Uno de los criterios que debemos desarrollar en nuestra Sociedad del Conocimiento es el que se da en el contraste entre pertinencia (lo que necesito saber para…) y complejidad (la cantidad y la organización de la información disponible). En un principio, parece que toda la información veraz y relevante sobre algo es pertinente para ayudarnos a tomar una decisión sobre ese algo. Hoy, sin embargo, la cantidad de información sobre cada cosa crece a un ritmo que excede la capacidades de cualquiera. Eso significa que hay un momento en el que más información, o más complejidad, lejos de ser pertinente, resulta contraproducente. Nos paraliza. Nos impide decidir. Si antes era prudente obtener más y mejor información, hoy, la acción prudencial exige saber discriminar e ignorar cantidades ingentes de información.

Aquí nos basta señalar sólo dos ideas sobre el aprendizaje significativo que son de fácil aplicación en el aula. El grado de éxito o fracaso en nuestra propia práctica docente será el que demande en nosotros la necesidad (o no), pertinencia vs. complejidad, de seguir profundizando en el tema: 
  • Partir de las experiencias, conocimientos y esquemas mentales previos del alumno. Eso hace posible que el estudiante sepa dónde apoyar o anclar la información nueva –el único modo de comprender lo que parece que entienden-, y eso le exigirá interpretar (o reinterpretar) tanto la información nueva como su experiencia, información o esquemas mentales previos. Los teóricos del aprendizaje significativo centran sus investigaciones en analizar a fondo lo expuesto en este punto. Las otras dos claves que voy a indicar beben fundamentalmente de otras investigaciones.
  • Es más fácil aprender si estamos motivados para hacerlo. Dicho de otra forma, aprendemos mejor (porque nos ponemos más en juego) aquello que realmente nos interesa. De ahí que es importante no sólo tomar como punto de partida las experiencias, informaciones y esquemas mentales del alumno, sino también sus intereses. 
La vieja’l visillo encarna a un personaje que, en el fondo, es universal, es alguien de quien todos tenemos experiencia. Quizá ocurra lo mismo con El show de José Mota. En todo caso, para el alumno puede ser una novedad provocadora llevar ese tipo de contenidos a clase.

El carácter universal de la vieja’l visillo nos permite abordar temas como los arquetipos o tipos universales que ha sabido captar la literatura universal. La justificación sobre qué es un clásico –una obra que supera las barreras del espacio y el tiempo- tiene que ver con esa capacidad para tocar lo esencial-humano, aunque quizá eso no sea suficiente.

La vieja’l visillo puede ser también una puerta, y un primer escalón, para explicar de forma amable la Poética de Aristóteles, obra crucial para comprender toda la narrativa occidental, especialmente el teatro y el cine. La vieja’l visillo es un personaje cómico porque imita (mímesis) una de las pretensiones universales del hombre (querer saber y querer contarlo), pero de un modo flojo, no esforzado, contrario al de los personajes nobles que configuran el género trágico. El salto cognitivo y motivacional que supone pasar de la vieja’l visillo a Aristófanes es mucho menor que si pretendemos empezar directamente por Aristófanes. ¿Qué aún necesitamos escalones intermedios? Busquémoslos.

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